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Entrevista a Francisco Franco

EXTRACTOS DE LA ENTREVISTA REALIZADA EN 1968

ENTREVISTA A FRANCISCO FRANCO


Ingresé lentamente a la residencia del caudillo, él estaba como a cien metros de distancia.

Bajo de estatura, con uniforme de gala, prendidas todas las condecoraciones. Lo saludé, me senté y me dijo:


–Tiene usted veinticinco minutos.


Le pregunté:

–¿Cómo le va con Perón?


–Mal. Perón quiere que lo reciba, yo no puedo recibirlo, es un asilado. Pero yo he puesto el nombre del presidente Perón a una avenida, a otra avenida María Eva Duarte de Perón, le he puesto República Argentina a una calle; no puedo dejar de reconocer que Perón mató el hambre, a los gallegos nos mandó el trigo, nos mandó la carne cuando todo el mundo se cerró frente a nosotros.


Después le pregunté


–¿Y qué va a pasar en España después que usted no esté?


–España es más importante que yo, yo soy una afortunada casualidad. Estoy preparando un príncipe para que sea rey, para que sea el marco de la unidad española. Usted va a Madrid, conoce un político que se llama Adolfo Suárez; acá mismo en la puerta está Fraga Iribarner, un político de raza; hay un joven abogado que es anti-franquista, se llama Felipe González. Estos van a ser el futuro.


En un momento, cuando ya me había aflojado un poco, me atreví a relatarle una anécdota:
–En la Argentina me contaron que cuando usted era coronel en Marruecos un día escuchó gritos y quejas en el comedor de los soldados. Entonces llamó a un suboficial y le preguntó qué pasaba y él le contestó que se quejaban porque no les gustaba la comida. Usted ordenó que le llevaran un plato, lo probó y dijo: "Este guiso está horrible, no se puede comer". Se dirigió hasta donde estaba la tropa y les comunicó que había ordenado que cambiaran el menú. Un joven soldado tomó entonces su plato y le tiró el guiso en la cara. Enseguida el suboficial lo mandó matar. Usted le dijo "De ninguna manera", pidió una servilleta y se limpió. Cuando trajeron las tortillas y el jamón preguntó: "¿Y ahora cómo está la comida?" Los soldados gritaron al unísono: "¡Muy bien mi coronel!" Se acercó al soldado que lo había agraviado y le preguntó: "¿Qué le parece?" El joven contestó: "Ahora está muy bien, mi coronel". Usted se dio vuelta y le ordenó al suboficial: "¡Fusílenlo!"


El general me dijo:


–Sí, me acuerdo bien. Eso sucedió el 12 de marzo de 1936.


–Quisiera saber por qué tomó esa decisión.


–Pues bien. Yo era el jefe del regimiento. Todo lo malo que pudiera ocurrir dentro del regimiento era culpa mía, desde la comida hasta cualquier otra circunstancia. Después de comprobar que ellos tenían razón en reclamar, hice lo necesario para corregirlo. Aquel soldado me tiró el guiso antes de comprobar mi acción, por lo tanto tuve que dar el ejemplo. Si no lo hubiera fusilado, no mandaba más en el regimiento. Es el principio de autoridad, no hay otra alternativa.


Me dio la mano y me despedí.

 

 

Bernardo Neustadt

 

 

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