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Encuentro entre Ernersto Sabato y Guillermo Borda

REVISTA EXTRA - AÑO V - Nº 43 - FEBRERO 1969

Encuentro entre Ernesto Sabato y Guillermo Borda

CENSUREMOS LA CENSURA


EXTRA eligió a Ernesto Sabato para que representara a la revista en una de las inquietudes de esta hora: LA CENSURA. Romántico incurable, best-seller, traducido en el mundo (en el bueno y en el malo(sic)), tenía que llevar como portaestandarte un temor nacional nacido en la hora desvelada del proyecto-control-cine, desde la más adusta moral. No fuera ser que con la preocupación por la pornografía, clausuraran el pensamiento. Inauguramos así una modalidad: ir en busca del Poder, del Mito, del Personaje, con los "monstruos sagrados" que detentan la ideología. Seriamente. Como debe ser... La hora que vivimos marca el crepúsculo de "los tocadores de oído".


Es un fantasma así de grande. Se agita y se mete en los corrillos de los cineastas y también de los que piensan -casi resignadamente- que el cine también es un arte. De todos modos el decreto de censura ya se ha puesto en marcha dentro del espíritu de los realizadores, de los productores, de los técnicos que hacen nuestro cine. Y su efecto, no hay ninguna duda, es la parálisis. Porque quién puede comenzar a definir visualmente lo que es indefinible: estilo de vida, moral media, influencia social, respeto a las instituciones. Ernesto Sabato dialogó así con la imagen responsable del decreto, el ministro Guillermo Borda, como intérprete de esa inquietud que crece en oscuridad y miedo.


El ministro Borda fue al encuentro y le estrechó la mano. Ernesto Sabato, tímido, envuelto en las potentes luces del despacho ministerial, arrellanó su físico en el sillón de cuero. Borda le habló de la admiración que sentía hacia él: "Usted es el primer novelista del país y no sólo leí todos sus libros, densos, informados, cálidos de pasión humana, sino que viven en mí con mucha presencia..." Ernesto recibió el impacto. Su exterior pareció ausente. Estaba conmovido. Para romper ese clima, fuimos directamente a producir el encuentro único. Y el diálogo asumió este tono:


Ernesto Sabato: Hay mucha gente en este momento muy preocupada por la reciente ley del cine, en el medio intelectual y artístico del país. Y me voy a permitir hacerme portavoz de las principales inquietudes. Quiero comenzar diciendo que de hecho todos practicamos algún género de censura, desde la que ejercemos en la casa sobre nuestros hijos cuando son chicos respecto a lo que leen, a los amigos que tienen, etc. De modo que no me parece lícito afirmar que estamos contra cualquier género de censura. Lo que se trata de ver es qué tipo de censura puede y debe aplicarse en la sociedad. Y quién. Quiero decir que el cine es una forma de narración, aunque sea más espectacular. De modo que si se dicta una ley para el cine lo lógico sería dictar otra para la literatura. Pero leyendo el texto de esta ley se advierte que de aplicarse en forma sistemática y rígida será imposible la publicación de las obras más importantes de la literatura universal. Los grandes libros, o la mayor parte de ellos, han sido temas peligrosos, muy arduos, hasta muy negros: el incesto, el adulterio, el parricidio. No voy a recordar el caso célebre de "Madame Bovary", que fue precisamente tema de tribunales y que la historia juzgó de modo opuesto a aquellas acusaciones. Pero diré que de aplicarse rigurosa y coherentemente una ley semejante a ésta del cine no podría permitirse la mayor parte de las obras de Shakespeare (salvo alguna de sus obras divertidas), la obra de Dostoievsky, todos los trágicos griegos, las obras de Faulkner y de Proust. "Jude el Oscuro" de Thomas Hardy, y, lo que resulta más curioso buena parte de La Biblia. Tampoco se podría publicar la obra de los más grandes novelistas católicos de nuestro tiempo: ni Graham Grene, ni Mauriac, dos escritores que admiro en sus mejores creaciones. Aparte de esto, que ya de por sí sería terrible, queda todavía algo importante que es la censura "a priori". Los grandes directores como usted sabe, Ministro, parten de un libro o guión muy precario y lo van desarrollando a medida que filman, de acuerdo con su inspiración, con las posibilidades de los actores que tiene a su disposición, según las nuevas sugerencias que el mismo desarrollo provoca. Ese es el sistema de un Fellini, por ejemplo. De aplicarse ese criterio impediríamos en nuestro país la aparición de creadores de ese rango. Por otra parte, en una obra de arte lo que importa no es el esquema, el "argumento" entre comillas, que puede ser una tontería o una trivialidad. Recuerde que Shakespeare realizó algunas de sus obras más grandes sobre la base de cuentitos de escritores de tercer o cuarto orden del renacimiento. Así que si juzgamos o impedimos una película sobre la base del esquema, ¿no estaremos impidiendo la realización de alguna obra excepcional? El estado tiene otros recursos para impedir que un film llegue a un público que no sea el más adecuado. El sistema anterior, de la calificación por edades es bastante bueno, aparte de ser necesario, pues es evidente que un chico no puede ni debe ver ciertos films que sólo personas espiritualmente desarrolladas pueden ver sin peligro. Que yo sepa esta ley no existe en ningún país importante. En EE.UU., por ejemplo, el sistema es muy diferente, es el sistema de calificación parecido al que teníamos. Y además la Justicia está para que en última instancia determine si ha habido delito. Una ley como ésta destruiría la industria cinematográfica. Y no sólo la industria como organización técnica y comercial, que no sería lo peor, sino la capacidad creadora de los artistas. Sin ánimo de querer hacer una paradoja, pienso que una censura como ésta que ahora se ha establecido sólo puede encontrase en Rusia y en la China de Mao. Y no debe asombrar. Siempre los estados fuertes (desde la utópica República de Platón para adelante) han considerado como sospechoso y pernicioso al artista. El artista es siempre un poco un fuera de la ley. Si usted ha leído el librito de aforismos de Mao habrá observado que lo que dice sobre el arte es terrible y demoledor, pues sólo queda el arte de propaganda. Lo mismo sucedía en la Rusia de Stalin. Prácticamente no se podía escribir ni pintar. Con motivo del terrible y trágico acontecimiento en Checolosvaquia observé que uno de los argumentos esgrimidos por la prensa soviética fue la corrupción que había ganado el cine checo, uno de los cines más importantes de nuestro tiempo. Le repito, Ministro, que no estoy hipócritamente contra cualquier tipo de censura, sino contra una censura que pone en peligro la libertad del auténtico creador. No hay una libertad absoluta del hombre, puesto que el hombre es un ser comunitario. Vivir es con-vivir. Y todos estamos obligados a coexistir de acuerdo con ciertas normas de respeto mutuo de consideración hacia la persona de cada uno.


Guillermo Borda: Yo coincido con todas su preocupaciones. Quiero marcarle, sin embargo, que existe una diferencia muy notable entre los distintos medios de expresión artística. La literatura propiamente dicha, el cine, el teatro, la televisión. Hay algunos que por su vivacidad y su forma tiene mayor influencias que otros sobre el espectador. Así el cine y la televisión no influyen como la literatura. Por otra parte hay expresiones artísticas masivas que, por serlo, tiene una influencia social enorme, como no la tiene el teatro, por ejemplo; y yo creo que los censores en el teatro deben ser mucho más amplios que los que censuran una obra cinematográfica. Por otra parte hay que diferenciar entre lo que es una obra de arte y lo que es pornografía y vulgaridad hechas con sentido comercial. La obra artística exige al artista realismo y audacia y eso es lo que hay que resguardar porque, si no, se corre el riesgo de perder la expresión artística en un país determinado, lo que sería grave. Pero, repito, una cosa es el arte y otra el comercio con la pornografía; creo que esto último es lo que hay que atacar. Particularmente cuando esa pornografía no tiene influencia solamente en el adolescente sino en todo hombre, sea adulto o no. Porque el problema no hay que verlo solamente en la relación espectador-obra cinematográfica. Si usted lo ve así indudablemente tiene que estar contra la censura. Porque, ¿quién le puede negar a un hombre libre el derecho de ver lo que se le ocurre ver? Pero el problema no se plantea en esos términos: se plantea en términos sociales, en términos de la influencia de esa expresión -llamémosle artística aunque muchas veces estén lejos de serlo- sobre la sociedad, sobre las masas. Yo creo que la moral media -o, por lo menos ciertas expresiones de ella- ha descendido en el mundo entero y también en nuestro país, aunque no en la medida que en otros países. Y creo que lo que pueda proteger nuestro estilo de vida, nuestra concepción tradicional de la moral, es importante para el futuro de los argentinos. Este es el sentido que tiene este instrumento un poco más ágil, más apto que el anterior para realizar un efectivo contralor de los espectáculos cinematográficos. He visto en privado una película sueca, "Suecia paraíso o infierno", que da una visión de Suecia que no sé si será exagerada o no, pero que produce una sensación de repulsión en el espectador a tal punto que me parece que es positiva la reacción que provoca en el hombre normal lo que allí se muestra. No obstante es tan descarnado, tan horroroso, que realmente no sé si será positivo permitir que eso se exhiba.


Sabato:
Usted se refería a la pornografía, pero hay otras cosas en la ley que tienen que ver con problemas ideológicos, con instituciones del Estado. Recuerdo en este momento films norteamericanos como "Cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba", donde se satirizan ciertas organizaciones burocráticas del ejército norteamericano que, eventualmente, pueden hacer correr el riesgo de desencadenar una guerra atómica. Cosas como ésas podrían ser consideradas como ataques a las Fuerzas Armadas. Una película como "Reflejos en tus ojos dorados", donde hay un oficial que es homosexual, y no se tratan de obras menores. Los norteamericanos han tenido siempre una gran honradez en atacar sus propios males. Yo veo también en televisión la serie "Los corruptores", donde se dicen cosas terribles de instituciones norteamericanas, hasta de la propia justicia. Esos son hechos muy sanos, son obras que no están hechas con motivos ni con intenciones subalternas. Por el contrario, son obras moralizadoras. ¿Dónde está el límite? Fíjese que el simple examen de los libretos de esas obras podría hacer pensar que van a destruir o poner en tela de juicio instituciones básicas de la nación. Una ley como esa es peligrosísima desde ese punto de vista.


Borda: A eso sólo puedo responderle con la afirmación de que todo, todo este sistema depende de la forma en que sea aplicado. Si hay prudencia en los hombres que tengan la responsabilidad de ejercer el contralor cinematográfico, no va a haber ningún problema. Yo quiero darle la seguridad de que no se va a actuar con criterio riguroso, por lo contrario, lo que se quiere es asegurar un mínimo de respeto por las instituciones esenciales o por la moral media. Creo que usted ha tocado un punto importante y me parece que la única manera de desvirtuar esos temores será aplicando la ley.


Sabato: Usted ha dicho algo cierto: el cine tiene una potencia, una vivacidad para las grandes masas que no tiene la literatura. Y la televisión todavía más porque se da cotidianamente en todas las casas y no hay control de la edad posible. Por eso pienso que la solución óptima para la TV es de Francia y Estados Unidos, con una televisión estatal que impida ciertos extremos de la televisión privada, movida exclusivamente o casi por razones de dinero. Pero, dicho esto, debo agregar que el cine tiene una potencia masiva mayor que la literatura pero en cambio tiene la ventaja de poder ser calificado por edades, cosa que no sucede con los libros. Vaya usted a cualquier kiosco, aquí no, y podrá ver cantidades industriales de novelas tremendas, del tipo de Mike Spillane, ese sadismo sexual que puede destruir el espíritu de cualquier chiquilín y que no tiene ningún obstáculo para su obtención. No se trata de ninguna literatura trascendente, de grandes autores, sino simple bazofia. Que sin embargo se difunde por motivos crudamente comerciales. Ya ve que eso es más peligroso que el cine. Es una verdadera dinamita de la peor especie contra el espíritu.


Borda:
Vamos a ir. Vamos a hacer ese tipo de vigilancia. Yo coincido con usted. Ahí tengo una colección de revistas realmente terribles. Tengo unas revistas italianas de una pornografía inaudita. Creo, como usted, que son peligrosas. Pero fíjese que hay una diferencia muy importante: cuando una persona compra una revista de éste tipo, la lee él, la lleva a su escritorio, la deja en el cajón y después la tira. Pero no está en el hogar, como está la televisión a todas horas o como el cine que es la expansión normal de todas las clases sociales. Pero no creo que lleven el mismo peligro. Aunque creo, sí, que hay que combatirlas, y estamos en eso.


Sabato:
Temo que si esta ley se aplica mal va a aniquilar del todo al cine argentino que, por otra parte, ya está en una situación crítica. ¿Qué pasa si un director -sobre todo desconocido- lleva un guión en el que se pueda interpretar que atenta contra las instituciones del Estado y se lo rechazan? ¿Cómo se sabe que ese hombre no va a hacer un día una gran película con ese guión? Se puede terminar con los pocos restos de cine de hoy, se va a matar la creación cinematográfica si se aplica la ley en forma rigurosa.


Borda: Le repito que la única respuesta a esa inquietud es el funcionamiento de la ley. El mismo va a demostrar el espíritu con que la ley ha sido hecha. No hay ningún propósito de limitar la creación artística en el campo del cine, pues me parece que sería realmente criminal hacerlo.


Sabato: Bueno, espero que sea así. ¿Y los nombres de quiénes van a integrar las comisiones, que ese es el problema en última instancia, por la mentalidad y la interpretación de la ley?


Borda: No se los puedo decir porque no se los he sometido al presidente, aunque los tengo elegidos.

Sabato: ¿Pero la tendencia en la elección, no será la de "cazadores de brujas"?


Borda:
NO, POR SUPUESTO.



Con epílogo


Bernardo Neustadt: Y bien, Sabato, ¿qué impresión ha extraído de este encuentro?


Sabato: En primer término, debo decirle que me ha impresionado magníficamente que el Ministro del Interior haya aceptado esa iniciativa suya de mantener un diálogo con un escritor que evidentemente iba a hacerle una serie de preguntas y consideraciones nada cómodas. Eso debe señalarse como elogio y sin reticencias. Ahora bien, lamento que hayamos hablado durante veinte minutos sobre asuntos literarios que no tenían que ver con el tema pues eso nos quitó tiempo para un desarrollo más a fondo del diálogo sobre la censura. El Ministro se refirió largamente al tema de la pornografía en muchos de cuyos aspectos estamos de acuerdo. Y en cambio no me respondió a la pregunta y a las preocupaciones sobre los aspectos ideológicos de la ley. Desde luego, ya había transcurrido casi una hora y había una cantidad de gente que esperaba por el Dr. Borda. Es una lástima. Pienso que habría sido de enorme importancia escuchar su opinión sobre el caso de los films norteamericanos que atacan duramente al Ejército o a la Magistratura. También habría sido interesante considerar la situación del creador cinematográfico con respecto a las instituciones de la familia y de la patria, temas particularmente peligrosos para ser considerados por una comisión de censores. En fin, de todos modos pienso que el encuentro es positivo, ya que al menos contamos con una palabra del Ministro sobre la caza de brujas y la estrechez mental de los censores. Ojalá la práctica mitigue los extremos de una ley tan peligrosa.

 

Bernardo Neustadt

 

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