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Entrevista a Roberto Levingston

REVISTA EXTRA - AÑO VII - Nº 82 - MAYO 1972

GENERAL LEVINGSTON: DIGA LO QUE PIENSA


Extra: ¿Cree que hubiera sido útil la autoproscripción de Lanusse?


Roberto Levingston: El teniente general Lanusse asumió, en su condición de comandante en jefe del Ejército, la grave responsabilidad de modificar las prioridades de la Revolución Argentina, al reemplazar los objetivos de transformación por una instancia que debía ser la resultante del proceso revolucionario. Me refiero a la institucionalización de la República. En consecuencia, el teniente general Lanusse es el responsable fundamental de la crítica es el responsable fundamental de la crítica situación económica, social y política en que ha sido colocada la Nación luego del 23 de marzo de 1971. No es, pues, un ciudadano más, sino el hombre que gobierna en nombre de las Fuerzas Armadas y cuyos actos deben juzgarse como los de un soldado en actitud de servicio. Hablar entonces de su presunta candidatura es no sólo dañino para la investidura presidencial, sino que resulta indecoroso para las Fuerzas Armadas, en cuyo nombre ha prometido al Pueblo argentino elecciones limpias.



Perón candidato


Extra: En relación con lo anterior, ¿qué opina de la anunciada candidatura de Perón?


Levingston: En primer lugar, no veo dónde reside el punto de comparación con la supuesta candidatura del teniente general Lanusse. Desde el momento en que se abre la instancia electoral, es necesario admitir la acción de los líderes políticos y de los ciudadanos argentinos sin otro condicionamiento que los impuestos por las leyes de la República. En el caso específico del ex presidente Perón, entiendo que han sido eliminadas -por la vía legal correspondiente- algunas situaciones pendientes. Pero aún subsiste el fallo del Tribunal de Honor Militar, cuya vigencia es incompatible con el ejercicio de la presidencia de la Nación, ya que, según nuestra Constitución, el primer magistrado es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas.



El diálogo con Madrid


Extra: ¿Admite el diálogo entre el presidente Lanusse y Juan Perón, con miras a un entendimiento entre el Ejército y un líder político mayoritario?


Levingston: El diálogo es una expresión de convivencia en toda sociedad organizada. Pero luego de las revelaciones del propio representante diplomático argentino en España, han tomado estado público negociaciones cuyos alcances exceden -a todas luces- un simple diálogo. Es evidente que se ha tratado de subordinar al ex presidente Perón a una empresa política -el llamado Gran Acuerdo Nacional- cuya naturaleza y objetivos hemos denunciado desde hace un año. Aparentemente, esa subordinación no se ha logrado. El conocimiento de este intento negociador, afecta, lamentablemente, la imagen de prescindencia y claridad que debe exhibir un gobierno representativo de las Fuerzas Armadas. Por eso, hoy más que nunca es necesario que el Gobierno defina cuáles serán las "reglas de juego" para llegar al comicio y, a partir de allí, se convierta en el árbitro y custodio de la legitimidad y limpieza del proceso.


¿Elección o revolución?


Extra: Hasta el fallido intento de Azul y Olavarría, usted sostenía la necesidad de "profundizar la Revolución" como paso previo al llamado a elecciones. Ahora aparece apoyando la formación de un Movimiento Nacional y reclamando elecciones limpias... ¿No hay una contradicción entre ambas posturas?


Levingston: En absoluto. He sostenido y sostengo que en la Argentina hay una empresa revolucionaria pendiente, uno de cuyos objetivos fundamentales es consolidar en el poder político a esa constante histórica que llamamos el Movimiento Nacional y que no es otra cosa que la revitalización de la alianza cívico-militar que hizo posible la emancipación de la patria y que, a través de nuestra historia, ha levantado siempre las banderas de la soberanía nacional frente a la acción de los intereses antinacionales. El elemento aglutinante del Movimiento Nacional puede ser, en algunos casos, un hecho de fuerza, cuyas medidas de gobierno encuentren eco en las mayorías. En otras ocasiones, la vía para que el Movimiento Nacional se encuentre está en las urnas. Pero está vía debe ser absolutamente limpia. Cuando yo llegué al gobierno existía una situación de fuerza, cuya legitimación dependía -fundamentalmente- de que las Fuerzas Armadas cumplieran con el compromiso revolucionario que habían asumido ante el pueblo argentino. Por eso, hacer o profundizar la Revolución, con medidas concretas, permitiría crear las condiciones para que el Movimiento Nacional surgiera como una respuesta espontánea y favorable de las mayorías frente al proceso revolucionario.

Las Fuerzas Armadas habrían merecido el reconocimiento de su pueblo y conquistado la adhesión de los auténticos líderes políticos sin necesidad de componendas, negociaciones oscuras o sometimientos indignos. No hay pues contradicción. El objetivo es siempre el mismo: concretar la empresa revolucionaria pendiente. El instrumento político es siempre el mismo: el Movimiento Nacional cuyas características acabo de describir. Lo único que hemos modificado es la táctica, adaptándola a las circunstancias que nosotros no hemos creado ni deseado, pero que están vigentes.


La economía... esa clave


Extra: El movimiento Nacional aparece como una figura un tanto difusa. Para algunos, por ejemplo, sería el Frente de Liberación propuesto por Perón. Concretamente, ¿cómo definiría usted la acción del Movimiento Nacional en un área vital como la economía?

Levingston: Respecto del Frente de Liberación, no descarto que pueda ser -en esta eventualidad- un elemento aglutinante de los sectores definidos a favor del Movimiento Nacional. Pero eso se verá cuando queden claramente establecidos los objetivos, los alcances y los modos de acción de dicho Frente. En cuanto a la acción del Movimiento Nacional, su objetivo inmediato es desalojar a la contrarrevolución que está en el poder. A partir de ahí, ejecutar el Proyecto nacional, es decir ese nuevo modelo de Argentina a cuyas exigencias deberán someterse los diversos sectores que actúan en el escenario nacional. No se trata de una agresión, sino de una adecuación de los intereses sectoriales al superior interés de la Nación. Ese era el camino que habíamos emprendido aceleradamente durante la corta gestión de mi gobierno, pese a los inconvenientes que todo el país conoce. Se tomaron, entre otras, medidas en sectores clave de nuestra economía para recuperar el control del Estado sobre el ahorro y el crédito, sobre la comercialización de los hidrocarburos, la industria frigorífica, etc. Además, se completaba el cuadro con nuevas realizaciones en materia de energía, siderurgia, aluminio, hidroelectricidad, papel de diario, grandes obras de infraestructura, etc., que contaban con estudiada financiación en un contexto de equilibrio económico-financiero. Además, el Plan Nacional de Desarrollo y Seguridad definía, sin eufemismos, el rumbo que debía tomar nuestra economía, como así el papel del Estado en la actividad privada, de los sectores, de las regiones y del capital extranjero, para terminar con distorsiones y privilegios en el uso del ahorro de los argentinos. La "argentinización de la economía" no fue una proclama partidista de las que abundan en el país, sino un conjunto de medidas concretas, cuya aplicación habíamos comenzado rápidamente. El egoísmo, la miopía de algunos intereses -acostumbrados a imponerle a la Nación su ley de acción- hicieron que la contrarrevolución acelerara sus planes y frustrara nuestra empresa. Aquí no se trata, pues, de decir que haremos esto o aquello. Está a la vista de todos los argentinos una acción de gobierno y un conjunto de medidas concretas que se tomaron entre el 18 de julio de 1970 y el 22 de marzo de 1971. Como iniciación de un proceso de cambio que resulta impostergable y que la mayoría del país reclama.


¿Oposición o resentimiento?


Extra: ¿Cuáles son los motivos de su cerrada oposición al gobierno de Lanusse? ¿Acaso uno es el resentimiento personal?


Levingston: Mi conducta en los episodios del 22 o 23 de marzo ya fue juzgada por el Superior Tribunal de Honor de las Fuerzas Armadas, que me absolvió de culpa y cargo por unanimidad.

Pienso que llegará el momento en que los demás protagonistas tendrán que rendir cuenta de sus actos como yo lo hice. Por eso, personalmente estoy ampliamente compensado ante mi conciencia, ante mis pares y ante mis compatriotas, ya que la verdad sale o luz tarde o temprano. Pero como militar, como ciudadano y mucho más como ex presidente de la Nación no puedo guardar silencio ante lo que considero una etapa desgraciada para el país. Por lo que ya ha ocurrido y por las consecuencias que todos deberemos pagar en el futuro. Una semana después de mi destitución califiqué de "contrarrevolución" al gobierno del teniente general Lanusse; denuncié que detrás del Gran Acuerdo Nacional, publicitado con "bombos y platillos", se escondían designios personales y anticipé que por ese camino llegaríamos -a corto plazo- a los umbrales de un enfrentamiento cívico-militar. Ojalá que, por el bien de la República y de su pueblo, me hubiera equivocado. Pero no fue así. Lo que muy pocos creyeron hace un año, hoy es el tema cotidiano de conversación y de honda preocupación de todos los habitantes del país. Objetivamente, los hechos: dijimos que la "contrarrevolución" paralizaría nuestro intento de "profundizar la revolución". Y así fue. El Plan de Desarrollo ha quedado prácticamente desvirtuado y las previsiones financieras deben modificarse cada sesenta días. Las medidas para reorientar el crédito y fortalecer a la banca nacional quedaron abandonadas y los resortes fundamentales del sistema financiero fueron remitidos a los personeros de los centros de poder económico. han sido inútiles todas las manifestaciones de buena voluntad de los llamados sectores nacionales. En un año han transitado varias veces los despachos oficiales, incluyendo el del presidente de la Nación. Y hasta hoy sólo arrancado promesas de un cambio económico, que nunca se concreta, y que en realidad exige una concepción y coordinación global. La devaluación monetaria, el déficit del presupuesto, la taza de inflación, el endeudamiento exterior, los índices de desocupación, la caída del salario real y la reciente recesión económica exhiben en el último año los "récords" más tristes y elocuentes del Gobierno. Los consumidores agredidos toman el camino de la protesta callejera. Y no obstante semejante costo económico-financiero y social, los voceros de los sectores antinacionales -que por mucho menos se desgarraban las vestiduras en épocas pasadas- guardan prudente silencio o se suman al coro de quienes tratan de distraer a los argentinos de sus problemas de fondo. Está es la "contrarrevolución" que denunciamos.

Dijimos, también, que el llamado Gran Acuerdo Nacional escondía un designio personal. Hoy la supuesta candidatura presidencial del comandante en jefe del Ejército es un tema de diaria conversación, que parece no asombrar a nadie. Hasta el punto que en algunos niveles de las Fuerzas Armadas se lo analiza como asunto probable y como término de negociación.

Más aún: a quienes se oponen a ello se los señala maliciosamente como supuestos golpistas.

Pienso que una situación semejante sólo puede darse en el clima de tremenda confusión que estamos viviendo, donde a diario se subvierten valores que hasta ayer creíamos sagrados.

Dijimos que en el horizonte de la "contrarrevolución" aparecían los síntomas de graves enfrentamientos cívico-militares. Es muy alto, ya, el tributo de sangre que la Nación está pagando... desde el obrero caído en Mendoza hasta el general de la Nación asesinado en Rosario. Estoy muy lejos de sentirme satisfecho, porque los hechos corroboran, finalmente, mis denuncias y prevenciones. Todo lo contrario. A medida que pasan los días crece mi indignación ante lo que hoy sucede. ¡Parece mentira, en medio de este cuadro que todavía haya quienes pretenden imponerle al país una empresa personal! ¡Es inconcebible que hombres con tremendas responsabilidades se entretengan en discusiones bizantinas sobre utópicos acuerdos o gasten talento en trasnochadas concepciones políticas! Finalmente, resulta inaudito observar, a diario cómo se despilfarran los dineros públicos y se malgastan torrentes de tinta y papel o kilómetros de celuloide para tratar de convencer a los argentinos de que estamos en "el mejor de los mundos" y que nuestros problemas se arreglarán con gestos y buenas palabras. La contrarrevolución ha ganado parcialmente está batalla y el pueblo argentino deberá pagar por ello un costo inmerecido e injusto. Ojalá, sobre los escombros de está derrota, los argentinos no equivoquemos nunca más nuestra trinchera.

Entonces, entonces la causa nacional será invencible.

 

 

Bernardo Neustadt

 

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