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Para Oídos Finos, Enero de 1968

REVISTA EXTRA - Nº 30 - AÑO IV - ENERO 1968

PARA OIDOS FINOS

El 27 de noviembre último, a partir de las 23.30 hora argentina, ocurrían tres episodios muy distintos en París, Londres, Buenos Aires, que trataremos de englobar, en una asociación ilícita, pero válida para explicar cómo funcionan tres estilos de vida. Ese día, a esa hora, en el cine Trocadero, debía ofrecerse la última exhibición diaria del film No hagan olas. No había un solo espectador. Boleteros y acomodadores, cerraron y se fueron por la calle Lavalle entristecidos y preocupados. Eso ocurría en pleno centro. Más allá en Belgrano, en el cine Ritz, la primera función de la tarde se dio ante una sala totalmente vacía, y en el día sólo concurrieron 42 espectadores sobre un público posible de 2.000. En la misma jornada las estadísticas oficiales revelaban que el costo de vida mensual ascendió en un 2,5% y el derrumbe de la mediana y pequeña empresa se marcaba gravemente en un aumento inusual de las quiebras anotadas y reconocidas. No se había matado la expectativa inflacionaria; estaba estabilizada la miseria. O la recesión. O la angustia. Elijan...

La misma noche los vespertinos anunciaban a grandes titulares que Inglaterra, con su política coherente y egoísta de siempre -primero nosotros después el Mundo- producía la suspensión temporal de importación de carnes argentinas para satisfacer así la presión de los productores ingleses, transfiriéndonos cruelmente la responsabilidad de una Aftosa que ellos supieron exportar a su tiempo. Su tiempo de maestros de la calumnia, afectándonos no ya en su mercado como valor económico -50 millones de dólares de importación anual- sino frente a Italia y España, donde al crear la duda, hicieron tambalear nuestros acuerdos comerciales. Con un desprejuicio total, "los caballeros" echaron a rodar la versión. Nos castigaron por sí, y nos pusieron en penitencia frente a todos nuestros consumidores. ¿Cómo se resarce ese daño? La Argentina durante semanas y semanas estudió los documentos de respuesta y de actitud.

Como siempre, lentamente, no fuera a ser que lastimáramos con alguna frase a nuestra madre colonial. Y mientras Inglaterra no vacilaba en mandarnos al rincón, injustamente, demoliéndonos a nivel de reputación, nosotros, con un gobierno de la Revolución Argentina, en puntas de pie, analizábamos la manera de no irritarlos más. Flaco favor a nuestros intereses, a nuestra soberanía, a nuestra declamada vocación de liderazgo. Líderes de la domesticación mental. Faltaba que pidiéramos perdón por ser perjudicados.

Falta de audacia y de grandeza. Sensación de PAIS MENOR. ¡Tremendo!...

SIEMPRE crecemos desde la desesperación -fuimos industriales a la fuerza, por la guerra- y nos dimos cuenta entonces y así, que no tenemos otro camino que "un mercado diversificado". Que no nos conviene que Inglaterra sea nuestro único cliente. Que el negocio de las carnes, cuando éstas son exportadas exclusivamente en forma de "chilled" u otro tipo refrigerado, vive en una orfandad peligrosísima y cualquier acusación conmueve nuestras vísceras económicas. Y -¡por fin!-, aprendimos que es la hora de rever nuestra política de carnes, de modernizar la industria, de transformar a la Argentina en un país exportador de carnes elaboradas y vender así conservas de todo tipo, como a nosotros nos venden maquinarias a cualquier precio, sin los riesgos de la sospecha aftósica. ¿Necesitábamos ser golpeados así, malamente, para descubrir que nuestro lamentado subdesarrollo está dado en que vendemos barato -porque nos obligan- y compramos caro, porque no tenemos remedio, y que estamos sujetos a los tradicionales mercados compradores de materias primas, no por culpa de ellos, sino de nuestra falta de fuerza moral para desprendernos de todo tutelaje. No soltamos amarras porque no queremos, no porque no nos dejan. Hay que grabarse esto hondo, para no seguir mintiendo, que es feo, y MINTIENDONOS, que es torpe, porque así bordeamos precipicios mientras elogiamos una llanura que no existe. Que quiere ser mágica. Y la magia terminó en la escuela primaria, cuando nos enseñaron que la Argentina era rica porque tenía, vacas, trigo, nada más, y que bastaba espolvorear un campo para que todos fuéramos felices en medio de trigales altísimos y de obesos mamíferos.

Ese país exclusivo, como dice Roberto Roth en su libro, QUEDO TOTALMENTE ATRAS. Si no lo queremos ver así, basta que los señores de Inglaterra nos acusen de aftosa para chocar con la dura pared de nuestra realidad tan idílicamente alimentada en las horas de la niñez sin pretensiones.

¿COMO podemos -cerrando este capítulo- TRATAR DE SER, dentro de una estructura económica, siempre en juego? Si llueve, aumenta nuestro costo de vida y los ministros de turno se aferran al mal tiempo para explicarnos que él tiene la culpa de la inflación. Y ese mal tiempo también, arruina nuestras cosechas, quema nuestros campos, devora la capacidad de nuestros tambos o lleva a un mal engorde del ganado y estamos expuestos a epidemias habidas o inventadas. En un negocio cualquiera el riesgo calculado puede ser del 20% o del 30%; pero aquí el riesgo alcanza al 70% y además, lo grave, lo inasible, es que no está en nuestras manos evitarlo. Por eso los países industriales son líderes, y los países productores de materia prima, son dependientes. Fácil. Regla de tres simple. Y no cambiamos porque no queremos; los llamados "imperialismos" -calificativo que se puede volver idiota en cualquier momento por su abuso- pueden acosarnos si los dejamos. Si intentamos seguir en la Argentina pastorial de 8 millones de habitantes, donde tan solo un millón consumía y había un millar de "personas exclusivas". Hoy, nos queda chico este traje. Lo peor, lo serio, lo inadvertido, es que también le aprieta a los que están sentados sobre los laureles que otros supieron conseguir. Y uno les tiende la mano de la explicación para ayudarlos y para que dejen crecer mejores, y ellos desprecian la colaboración, en un harakiri muy particular; MORIR PORQUE SI.

El tercer episodio de ese 27 de noviembre lo producía Charles De Gaulle, "el gagá" según sus exquisitos detractores. Y aquí sí, la diferencia abismal entre la "manera" de hacer Francia que tiene el viejo jefe (77 años) con ideas resplandecientes y la "manera" que los jóvenes argentinos hemos elegido para mutar la Argentina de su forma y fondo. De Gaulle, cosa que valdría la pena que Onganía tomara como ejemplo, se reúne una vez por mes, con los formadores de opinión pública de Francia -EDITORIALISTAS Y COLUMNISTAS FRAN-CE-SES- y "off de record" les explica, desde su ventana, los puntos oscuros que ellos le plantean sobre la guerra de Medio Oriente, ante Vietnam, frente a su grito de "Viva Queber Libre" o a propósito de la política interna. Adoradores o enjuiciadores de De Gaulle, los periodistas no publican lo que él dice, sino que de las tendencias sacan sus conclusiones. Unas veces a favor; otras en contra. Al mes siguiente, Papá De Gaulle, los vuelve a convocar y así Francia vive orientada en sus grandes temas. El 27 de noviembre, uno de esos periodistas le formuló un vital interrogante y trascendió ese pedazo de diálogo que es ilustrativo para que los argentinos que hablamos siempre de Revolución hasta el cansancio, sepamos que es una Revolución, se llame Libertadora, Justicialista o Argentina. He aquí la pregunta y la respuesta:

Periodista. -Desde hace cierto tiempo se habla mucho de lo que vendrá después de De Gaulle. Mi general, ¿ha pensado Ud. alguna vez en ello?

De Gaulle. -Todo tiene siempre un fin. Cada cual se acaba. Por el momento no es ese el caso. "Después de De Gaulle" es algo que puede suceder esta noche, dentro de seis meses o dentro de un año. Puede suceder dentro de 5 años, puesto que ese es el término que fija la Constitución al mandato que se me confió. Y si yo quisiera hacer reír a algunos y gruñir a otros, diría que puede durar también otros diez o quince años. Pero voy a historiar mi respuesta; en el espacio de 177 años Francia tuvo 17 regímenes; había una crisis gubernamental permanente bajo el sistema parlamentario. Fue público. Innegable. Durante la Tercera República, de 1920 a 1940, tuvimos 47 ministerios en 20 años y bajo la Cuarta República, de 1946 a 1958, 24 ministerios en 12 años. Después del reino desastroso de los partidos políticos, que a lo largo de años, y sea cual fuere el valor de los hombres hicieron despliegue de su impotencia por resolver los grandes problemas de la época, haciendo de nuestro país lo que se llamaba "el enfermo de Europa", hundiéndose en 1940 en el drama de la guerra extranjera, y en 1958 estando al borde de la guerra civil y de la quiebra, ocurrió que el pueblo francés aprobó la propuesta que yo le hice, dotó a la República, con una votación en masa y mayoritaria, de instituciones sólidas. No es pues casualidad que desde hace 10 años, Francia ofrece al mundo un ejemplo de solidez, continuidad y eficacia. Gracias a los cuales obtiene resultados esenciales en todos los campos. Pasamos de la Prosperidad, al Poderío y del Poderío al Esplendor. ¿Por qué fue? Porque cambiamos las instituciones. Porque el Jefe de Estado, elegido por el pueblo, hizo valer e impuso, en caso necesario, por encima de todas las tendencias particulares y momentáneas, el interés supremo. Porque él -es decir yo- escogió hombres coherentes para una idea así. Para evitar que la falta del Motivo Común, permitiera abrir brechas a los asaltantes ideológicos, que confunden, que tuercen, que degradan los objetivos. Nosotros decimos qué hacer frente a los Grandes Temas. Y elegimos para colaborar a los que pensaban así, no a los que tenían ideas distintas. La masa inmensa de los ciudadanos, entonces, se desinteresó francamente de las querellas vanas planteadas al régimen, y discutió las grandes líneas. Para eso utilizamos el referendum. Un día llegará en que la Constitución, con todo lo que entraña, se convertirá en una segunda naturaleza nuestra. Mientras tanto, corresponderá al Jefe del Estado mantener las instituciones en su espíritu y en sus términos y orientar a Francia durante todo el tiempo que es, él solo, mandatario del pueblo francés. Después de De Gaulle y con una Francia rescatada, quedarán instituciones, experiencias ricas, y un camino muy sembrado. Los resultados están. Las críticas las espero...

EL paralelo nuestro es innegable. 200 ministros pasaron por la vida nacional en los últimos 20 años. 200 derrotados permanentes. 7 presidentes. Un ministro de economía por año. Un titular de YPF cada 8 meses. Un director de Ferrocarriles, cada 6 meses. Era imposible. Las rencillas políticas agotaron al país. Además de esterilizarlo. Mientras aguardamos el "tempo" de volver a la democracia bien practicada, acaso con partidos viejos que contengan gente nueva, aquellos que nunca se atrevieron a comprometerse y prefirieron el destierro técnico porque la Argentina se les hacía inhabitable, la realidad se llama: Onganía. Pero se llama ONGANIA DEFINIDO. Para aquí o para allá. No haciendo equilibrios para tener nacionalistas y liberales, o libre empresistas y dirigistas. Porque o se tiene una idea, y un equipo coherente, como predica De Gaulle o la realización se atranca a cada paso. O todos, San Sebastián, Gastón Valente, Furiotti, Borda, Díaz Colodrero, o todos Krieger Vasena, Ondarts, Ressia, Lanusse. Pero entremezclarlos es neutralizarlos. Y es congelar la acción. Inclusive es preferible perderse con una idea muy precisa, que diluirse en cien soluciones que no componen ninguna Solución Grande.

El preludio terminó. Queremos entrar realmente en la sinfonía.

Como la felicidad, el progreso no existe más que por comparación.

Y la comparación, nos viene ultimando...

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