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Lanusse: la historia lo invita a pasar..., Abril de 1971

REVISTA EXTRA - AÑO VI - Nº 69 - ABRIL 1971

LANUSSE: LA HISTORIA LO INVITA A PASAR...

En 1951, un joven oficial, al salir muy de madrugada, le da un beso a su mujer y un consejo: "Cuidá a los chicos..." Y se va a tumbar a Perón. Paga la aventura: 4 años de cárcel. Exactamente 20 años después -como una especie de Conde de Montecristo- Alejandro Agustín Lanusse juraba como presidente de una República cuya ilusión ha sido varias veces fusilada.

¿Qué país encuentra? Como contribución queremos documentarlo, porque "el palacio" puede tener una devoción y la calle una legítima frustración. La indiferencia cruel, madre del escepticismo. Como 23 millones de argentinos no pueden ser retados por esta actitud, porque han sido víctimas de sucesivos "vaciamientos de fe", el nuevo conductor tiene por prioridad esencial que romper el divorcio entre "el palacio" y la Plaza vacía. La gente se fatigó de los relevos gratuitos, de los mandones de turno, de aquellos políticos que practicaban la democracia mentida, de los revolucionarios sin revolución, de las grandes abstracciones. La vieja élite había perdido el rumbo y las mayorías carentes de líderes naturales -uno, Perón, exiliado; otro, Aramburu, suprimido físicamente; otro, Frondizi, proscripto dentro de la propia patria, acaso por el grave pecado de imaginación, pasando por la rara cruz que cargó sobre sus espaldas, por romántico, Ricardo Balbín- entonces eligieron el camino más doloroso pero más auténtico, con un perfil digno de los mártires de Roma: dieron la espalda al Palacio. Dejaron la Plaza vacía. El "elenco del fracaso" había conseguido un milagro digno del siglo XV: gobernar sin pueblo. Su decreto más proficuo tenía un solo artículo: "Consígase una Nación Apática, despolitizada, que no le importe lo que pasa...". Fue su único éxito; lo consiguieron. Siete presidentes de la Argentina de estos 15 últimos años llegaron y se fueron en el más sonoro silencio. Soledad que no envidian ni los monarcas ni los sabios. ¿Quién no necesita algún eco para saber que existe?

Julián Marías, que no es izquierdista ni precisamente populista, nos recordaba que "sólo se manda en virtud de la opinión pública y apoyándose en ella". Y agregaba: "Cuando se manda sin la opinión pública, una de dos : o no se manda, sino que se oprime y se mata toda la vitalidad de la sociedad, o se levanta un dique provisorio que contiene las aguas hasta el momento que se rompe y produce una inundación que lo arrasa todo..."

En este preciso instante llega Lanusse al Poder. Sin el consenso que por desesperación el país le regaló a Onganía. Sin los últimos ahorros de ilusión que acaso se depositaron en Levingston.

Con mirar hacia atrás le alcanzará al nuevo presidente para saber LO QUE HAY QUE HACER. Sin imaginación sólo se vende rutina. El problema está arriba, no abajo. Perón y Lonardi produjeron hechos para motivar a la gente. Y hechos enfrentados, pero HECHOS, no declamaciones. Lanusse puede elegir entre motivar al país como Perón o como Lonardi o unir lo rico y positivo de los dos modelos: Libertad y Justicia, Justicia y Libertad (amén de seguridad), para darnos una solución digna de un pueblo culto. Ofrecernos el instrumento para que durante los próximos 50 años vivamos desde el respeto político. Con aciertos, con yerros, con discrepancias, pero sin golpear las puertas de los cuarteles para tentar a los tentables y ayudar a voltear a los que no nos gustan.

El país, de espaldas, pero robusto, ha probado algo digno de estudios sociológicos: NO HA PODIDO NOMBRAR A NADIE, PERO HA LOGRADO DESNOMBRAR A TODOS.

Los medios de comunicación y su vértigo -la revolución tecnológica logra allí su mayor esplendor y su más grave llave explosiva- enseñan que las naciones tienen gente adentro. Que la información enriquece, hace tomar conciencia de las realidades y al mismo tiempo invita al desorden. Ya no se puede convocar a la democracia griega, que elegía por sorteo entre 100 príncipes, mientras los plebeyos miraban y, en su ignorancia, admiraban. Inclusive para implantar una dictadura aceptable tiene que ser popular.

La Revolución Argentina (III edición), sin negar por ello las intenciones o esencias de Onganía o Levingston o de los cuadros superiores de las FF.AA., operó el aislamiento. Prohibieron todo.

Nos dejaron sin hombres de consulta. Con el cuento de anular el pasado político congelaron a millones de argentinos nuevos que querían reemplazar esos ayeres. Desde 1955 hasta aquí, siempre se consiguió todo lo contrario de lo buscado: a) el peronismo creció; b) el país decreció; c) los viejos líderes quedaron al pie del comité; d) no surgieron caudillos jóvenes; e) la Universidad es un desquicio que produce profesionales sin destino y sin misión dirigente porque proscribieron la palabra política; f) las Fuerzas Armadas, no ajenas al país, por supuesto, pagaron y pagan con su propio ajamiento esta especie de babel que vivimos... ¡Ah!... nos olvidábamos de lo principal: HUBO VENCEDORES Y VENCIDOS, y lo grave-grave es que LA DEMOCRACIA NO LA VIVIMOS NUNCA JAMAS. Como se ve, ni filosofías ni materialismos.

En este drama patético no sólo desmoronaron sus sueños los empleados o los obreros, no sólo crucificamos a la clase media invitándola a pasar a la guerrilla, porque es el sector que más sufre por decadencia... No. Junto con ellos sucumbieron los empresarios, sus industrias quebradas o desnacionalizadas; los ganaderos, con sus "stocks" petrificados y sus campos desanimados; los técnicos, que o emigran o se alistan en el ejército de los mufólogos, deprimidos por impotencia. Y los militares, que no son de otro planeta; los jóvenes oficiales y los no tan jóvenes, que también chapalean la frustración, porque nadie es extranjero en el naufragio, y que pueden hoy preguntarse ingenua o rabiosamente: ¿Dónde los condujeron nuestros conductores?

El presidente hereda este diagnóstico-identificación-protesta. Lanusse, que ha vivido toda esta Argentina, es nuevo como jefe de Estado, pero no flamante como Eje de Poder y habitante. No en vano pasa de la cárcel a la Casa de Gobierno. No es de casualidad que llega a ser el Caudillo Militar. Su currículum mejor lo exhibe tratando de rectificar los rumbos de Onganía, un día, de Levingston, otro, y queriéndolos rescatar de los desvíos que abren zanjones entre Dios y sus fieles. Hasta ahora tuvimos fusibles y amortiguadores. Alejandro Agustín Lanusse, presidente de la Nación, comandante en jefe del Ejército, teniente general en actividad, presupone la presencia de la INSTALACION. Se quemaban los fusibles: se cambiaban. Ahora, si hay corto circuito, se quema la instalación.

El país mudo, malhumorado, apenas si sabe rumiar propuestas: para arruinar a la derecha alienada y a la izquierda infantil hay que LEVANTAR BANDERAS MUY NACIONALES. Muy nacionales. Esto no significa agravio ni ataque al capital extranjero, ni estatismos estúpidos. Pero primero hay que ser nacional y después Nación. La otra ansiedad es transformar en el menor plazo posible al Pueblo-Coro en Pueblo-Protagonista. Lanusse sabe que últimamente los actores oficiales trabajan sin público. Mucha gente en los juramentos, nadie en la calle. Y, por fin, más que preocuparse por el producto bruto nacional o por el anacrónico y repetido problema de las carnes, hay que darle a los jóvenes argentinos entre los 20 y los 35 años -los reales decididores de la Argentina- los instrumentos precisos para liderar este túnel del tiempo en que vivimos. Sin eufemismos, confieso que me importa más un joven que una vaca. Me es más vital una Universidad abierta a la ambición adolescente que la veda. ¿Por qué siempre buscamos expertos para evitar consumir carne y en cambio no nos ha preocupado con la misma intensidad y prioridad que el hombre no sea consumido por una sociedad clausurada e ineficiente?

PARA quienes puedan alegar que el presidente Lanusse proviene del liberalismo, argüimos que Perón fue el último conservador talentoso que tuvo el país, y gracias a que concientizó nacionalmente a las masas, el respetado "Che" Guevara no consiguió aquí un solo afiliado para su causa. Claro, algunos liberales trasnochados -que son, sí, de temer- a lo mejor prefieren a Guevara que a Perón; confunden al amigo con el enemigo. ¡Pobres!

Quienes sostengan que otros hombres más iluminados vieron hace 16 años la necesidad de la Síntesis y el Acuerdo Nacional y fueron desoídos, no tienen por qué amarrarse a esa queja y oponerse a esa suerte de Parábola del Hijo Pródigo. No importa quién lo haga. Vale que se haga. Que la vanidad del "descubrimiento" no nos lleve a ponernos frente a las convicciones que lideramos hace tiempo y a lo lejos.

Todos estamos cansados, y más que todos los revolucionarios. El sermón del último domingo exigía el arrepentimiento público y la contrición perfecta. No hay dificultad.

HABITAMOS un Estado de Necesidad. O nos oyen a nosotros, o le hacen caso a los violentos. Un ejemplo: la Córdoba rebelde y racional era desatendida. Los 500 activistas de la subversión depredadora destronaron a Krieger Vasena, lastimaron para siempre a un "fenómeno augusto" como Juan Carlos Onganía, sentenciaron la esmirriada vida política de Camilo Uriburu y rompieron el espejo donde se miraba Roberto Marcelo Levingston.

Esta es la visión que tenemos de la Argentina. Postergada. Sobre ella, hace horas, ha jurado su tercer presidente en 4 años y 10 meses. Conjuga el Poder Político con el Poder Militar. Su mejor compromiso es no intentar perpetuarse.

Alejandro Agustín Lanusse que ha sabido de todos los contratiempos, públicos y privados, que en lo cierto o en el error luchó con pasión y frontalidad, que sabe que en los hombres no hay que buscar todas las purezas ni todas las impurezas, tiene, a los 53 años, el desafío más desafiante: la Historia lo invita a pasar.

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