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Carta abierta a todos nosotros, Junio de 1972

REVISTA EXTRA - AÑO VII - Nº 83 - JUNIO 1972

CARTA ABIERTA A TODOS NOSOTROS

La actitud de Lanusse cuando abrió el proceso hacia el peronismo, admitiéndolo como el emergente de la realidad argentina total, me impresionó porque partía de un hombre que, combatiendo al régimen, fue preso. Porque fue preso por combatir al régimen constitucional de su momento y no simplemente por ser antiperonista. O por gritar "abajo Perón" en una esquina de Buenos Aires. Jugó su carrera de militar siendo capitán, salió en armas, perdió. La cárcel, dura, consumió cuatro años clave de su vida. Sufrió. Vivió la angustia última: la de la impotencia. Tal vez vejámenes.

Lanusse experimentó en carne propia la represión a su sublevación. Me pregunto y se pregunta el país: ¿cómo se habrá sentido Juan Lachowsky, mutilado en sus 24 años, cuando sin culpa, sin denuncia, sin participación en ningún acto ni político, ni sindical, ni guerrillero, llegó hasta su casa de Florencio Varela con su cuerpo hecho jirones, sus testículos quemados, crucificado de dolor, y se arrastró hasta los pies de su mujer embarazada, rogando por una última caricia, por una gota de agua, por vivir...? ¿Qué penumbras cruzaron la mente de este humilde operario de la Peugeot, de conducta irreprochable según los datos de la propia empresa, cuando bajo los afiches del Gran Acuerdo Nacional vió que se le iba la vida en manos de quienes deben custodiar la vida? No quiero tomar el ejemplo de los que aparecen o desaparecen bajo la excusa del terrorismo. No quiero ni siquiera aferrarme a la vergüenza que me da leer y releer la carta de Norma Morello, la maestra de Goya que terminó "fundida" en la cámara de torturas. No quiero tampoco aferrarme a la picana que quiso arrancar confesiones de la boca seca del abogado Eduardo Jozami, ni a la soga que piadosamente le alcanzó un comisario para que "se ahorcara y dejara de sufrir".

Ninguna de estas indignaciones cubre mi indignación mayor. La misma que me marchitó la vida cuando vi sobre el piso de su oficina a Augusto Vandor traspasado a balazos. Cuando el espanto dibujó su mueca en el rostro nostalgioso de José Alonso. O la muerte fría se llevó la vida del teniente general Pedro Eugenio Aramburu. Ninguna de esas indignaciones cubre el desamparo en que sentí a la sociedad cuando, en horas, Juan Carlos Sánchez y Oberdan Sallustro eran ahogados a balazos por traficantes de la muerte, cualquiera que fuese el emblema que levantaban. La sangre, así, siempre, siempre, siempre, ensucia.

Todas estas indignaciones tienen que atormentar a una comunidad que piensa; pero... ¿piensa la nuestra? ¿Se da cuenta de que estamos en una miniatura de guerra civil? ¿Toma conciencia de nuestra tragedia en cuotas? No sé... Falta la indignación mayor por esa vida triturada que se llamaba Juan Lachowsky, a quien los diarios no le dieron espacio, la televisión lo rozó por encima y a cuya mujer esperando el niño de la agonía no fue a saludar el cardenal Caggiano.

Pienso que esta muerte sin patente alguna, sin esbozar ni acuñar el menor rasgo de acusación, tiene que dejarnos a todos sin dormir. Salvo que ya no sintamos. Salvo que ya no merezcamos ni vivir...

No podemos dar a la sociedad el ejemplo de que una muerte tiene un valor y otra, otro. Porque, entonces, los dialécticos de siempre nos van a acusar de que nos dividimos en clases hasta en las tumbas...

Por eso, esta carta es para nosotros mismos. Para nuestra sensibilidad fallecida. Los hijos de Aramburu, Vandor, Alonso, Sánchez y Sallustro podrán dar los datos de los asesinos de sus padres. Su raíz. La argumentación usada. Pero el hijo que palpita en las entrañas de la señora de Lachowsky, cuando nazca, cuando le cuenten, ¿qué se le podrá decir? ¿Cómo enseñarle a crecer sin el infierno del odio?

Sí. Es una carta para nosotros mismos. Reaccionamos ante las tarifas eléctricas, la falta de azúcar, o nos iluminamos porque el producto bruto nacional creció el 5,5 por ciento, pero no callamos y nos marginamos cuando un Lachowsky anónimo, hecho jirones, tiene la muerte del montón. Nos acordamos mal de Rosas o de Perón pero nos olvidamos de los que pasa en este tiempo del "test eléctrico", y no tenemos ni el rostro de Lachoswky para ver "cómo era", ni siquiera el cargo de conciencia de pensar qué será de su mujer, que lo vio agonizar con el miedo entre las piernas...

Sí. Es una carta para nosotros mismo. Vacíos de desgarro. Pero es también una carta para Lanusse, para que evocando aquel traje de preso que hoy trocó por el de presidente de la República ordene la investigación-investigación, caiga quien caiga, cuanto más alto mejor, para reconstruir nuestra moral de combate. Porque, así, nos sentimos con escasa ética para condenar las violencias.

Y es, también, una carta para el ministro de Interior. Porque el doctor Arturo Mor Roig, por él, por el partido al que sirvió toda la vida, la Unión Cívica Radical; por su lucha contra los abusos del poder, no puede desde el poder dejar que abusen. Porque entonces nos habremos suicidado como idealistas, y todos, queriendo o no, habremos torturado a Lachowsky.

Mi silencio me haría sentir cómplice de está muerte-símbolo. No escribo para rescatarme.

Escribo para que la indignación y mi vergüenza no me asesinen.

 

Postdata: Este artículo apareció en "PAIS-PAIS", Nº174, de fecha 17 al 31 de mayo. Pocos días después se produjo la respuesta. Una respuesta que tuvo como protagonista al general Lanusse: pedía a los militares una profunda investigación y recomendaba cuidar el prestigio que las sospechas de torturas amenazaban seriamente. El objetivo de esta carta ha sido ampliamente logrado. La investigación ha comenzado.

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