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La Rusia que yo ví, Junio de 1974

REVISTA EXTRA - AÑO IV - Nº 108 - JUNIO 1974

LA RUSIA QUE YO VI

Es muy difícil ir a Rusia, volver, opinar. Uno retrata. Usted le pone su prejuicio. Yo no. Para los que piensan en términos de libertad, Rusia es un infierno; para los que aman la seguridad, es un paraíso. Yo me limitaré a dar datos, a contar anécdotas, a dibujar situaciones. No se enoje conmigo al final. Miré Moscú con ojos argentinos. Quise ver cómo era una patria socialista. Traté de descifrar cuántos de nuestros predicadores de izquierda realmente podrían comulgar con el régimen y practicarlo además de glorificarlo en las consignas que a puro aerosol pintan en las paredes. Llegué a conclusiones:

1) El sistema es intrasladable. Nuestros agitadores están en el folklore alegre. Allí todo es serio. Sobrecogedor. Disciplinado. Planificado. La Universidad, para estudiar. Los planes de producción, para cumplir. Los derechos iguales a la responsabilidad. Se tiene clara sensación de estar en un país-potencia mundial. Esto les prometió Lenin. Esto es Rusia. Sus habitantes se sienten protagonistas. Son. Esfuerzo, contracción al trabajo, orden, líneas éticas y morales, una formación científica que reclama el exclusivismo y la dedicación de estudiantes y profesores. Pensé, sin querer provocar ninguna reacción con este símbolo, que cualquier conservador –línea dura- de principios de siglo en la Argentina, no se sentiría incómodo allí.

2) Están más seguros que antes. Por eso abren sus puertas y dejan ver. Debe haber terminado la imposición y ahora es concientización. De 75.000 turistas que llegaban hace 2 años, han pasado a 1.200.000 el año pasado. ¿Sí recorrí todo lo que quise sin trabas? Si. No pude salir de Moscú hacia Kiev y Leningrado, por no tener visa. Cuando se va a Rusia hay que indicar qué ciudades quiere visitar y precisa visa para cada una. Se visten bien. No son "grises" sus atuendos. Los niños son "los únicos privilegiados"; sus ropas son las mejores. Sus guarderías, sus pediatras y pedagogos son elegidos con toda minuciosidad. A los 10 años se les detecta la vocación. Un hobby bien perfilado hace que el Estado asuma a ese niño y lo ampare, lo induzca, le dé los medios. La salud pública es otra obsesión prioritaria. Es junto con la educación la mayor inversión. Los hospitales trabajan las 24 horas del día. El servicio trata de ser perfecto. Por un resfrío, usted se queda 6 días internado. Evitan así la deserción escolar y también el ausentismo laboral. Cuando los pocos feriados nacionales caen en días hábiles, trabajan el domingo en compensación. Sus departamentos tienen 8 metros cuadrados por persona; además, cocina y baño. ¿Si hay jerarcas que viven mejor? Debe haberlos. No los vi. ¿Qué si hay campos de concentración? Tal vez sí; no me animé a pedir que me los mostraran. Gasto estas ironías porque son las preguntas consabidas. A las 9 de la noche, todo es silencio. Vida nocturna, ninguna. Hasta las 22 se sirve la cena en los restaurantes de algunos hoteles. En la tarea gastronómica no son amables. En la calle, sí. Tratan de ayudar, de explicar. Trabajan 44 horas semanales. Sueldo mínimo 120 rublos (150.000 pesos); máximo, 600 rublos. La jerarquía máxima la da la "inteligencia técnica". El cientifisismo. Insistimos: técnico. ¿Si consumen? Van camino a la Sociedad de Consumo, pero tratando de no ingresar a la Sociedad del Derroche. Max Liberman, su nuevo genio económico, estudia el modo de planificar el consumo. No quieren alienarse, explica.

En las universidades y en la TV (ballet, ideología, música clásica, Rusia en el mundo, programas pedagógicos, históricos, ideología, ballet, música clásica) se discute el tema. Los obsesiona. Largas colas en los supermercados. El Estado lo hace todo. Bombones y petroquímica y helados. La vida familiar se da de hecho. Es incentivada. La higiene, perfecta. No se ve un papel por ningún lado. ¿Miedo? ¿Educación? ¿Rigor? No sé. No se ve un papel por ningún lado. Eso importa. ¿O no?

3) Universidad. Vista con "ojos argentinos" es realmente alucinante. Aquí se imponen rectores y decanos o se destituyen profesores. Allá no se puede fumar en el aula. Si 200.000 muchachos y muchachas quieren estudiar medicina se inscriben. Pero si el estado marca que precisa 500 médicos, por el filtro selectivo del ingreso, llegan 500. Que son genios. Que resultan becados. El resto, previo test vocacional, cursa otras disciplinas o ingresa en otro circuito que Rusia atiende tanto o más que la Universidad: artes y oficios. Un mecánico o un plomero pueden resultar mejor pagos que un abogado o un doctor en Ciencias Económicas. Otra vez la inducción y el estímulo. El becado firma un contrato con el Estado; al concluir su carrera tiene que ir a ejercer su profesión durante 2 años en una región, Siberia, Crimea o Kiev, designada como Polo de Desarrollo. (¿Lo firmarían aquí?)

Estoy en un aula de la Universidad de Lumumba; este centro de estudios ocupa 435 hectáreas; 45.000 estudiantes; 1 profesor cada 90 alumnos. Algunos están por ideología. Otros por rigor científico en las carreras de física y química. Les pregunto si se puede impugnar un profesor por falta de nivel académico. Silencio. Alguien responde: "No se me ocurre". Prejuiciado, digo: "Será que el sistema no se los permite...". Me explica: "Si lo permite. Pero es casi imposible que un profesor no tenga nivel académico. En la situación límite, el método de impugnación es así: se consiguen 30 firmas y se eleva un memorial con las objeciones nítidamente descriptas. Se hace entonces el juicio académico. Si el profesor sale absuelto, revelando sus aptitudes intactas, entonces los que firmamos perdemos el año". ("Igual que allá", pienso con nostalgia agridulce.) Ingresan a las 7 de la mañana y dejan la Universidad a las 7 de la tarde. En la época de exámenes tienen derecho a elegir un profesor para que los prepare. El profesor puede admitir hasta 5 alumnos. Esto ocurre después de clase. Reciben los alumnos 120 rublos por mes de beca. Hay muchos estudiantes de color. "Los asiáticos son los de mayor contracción al estudio, después vienen los africanos y luego nosotros los latinoamericanos", me dice sonriendo Raúl (un argentino, doctorado en Ciencias Económicas, marxista pleno y casado con una chica rusa. Hace 8 años que se fue de Buenos Aires). El rigor de los estudios asombra. Una alumna cordobesa, que estudia química, me reconoce por la calle y me dice: "A usted lo veía por TV. Hace 4 años que estoy aquí. Participé del «cordobazo». Este es un estado social justo. Ahora pienso traer a mis padres. Para eso en las vacaciones me mandan a Siberia a ayudar a construir una estación ferroviaria. Levantaré piedras, colocaré rieles... Me dan 600 rublos por mes. Y con 3 meses consigo la plata para el pasaje..." Ideologizaba al máximo, me pregunta si alguien trajo yerba, porque extraña el mate. La veo alejarse por las calles desiertas. Tengo pena. Me encuentro con Adolfo Portela, el director del Instituto de Investigación Química de la Argentina. Un científico de fama mundial, avalado por Washington e invitado de honor de Moscú. Está asombrado del nivel de los cursos. Cuenta su anécdota más aguda: "Me invitan a presenciar un examen. Veo. Escucho. De pronto un alumno cavila. Pido permiso para ayudarlo. Le digo:

-Posiblemente usted no entendió la pregunta. Se trata de...

-El alumno ruso: Le ruego que me respete, profesor. Entendí la pregunta. Además sé. Me tomo tiempo para investigar. Porque no estudio de memoria... Analizo..."

Yo no le cuento cómo es el régimen. Si Brezhnev es bueno o malo. Si Stalin ordenó muchos o pocos asesinatos. Le digo más: por mi formación no podría vivir en ese sistema. No tema: no me hicieron ningún lavado de cerebro. Quiero señalar algunos ejemplos del "socialismo de verdad" para los que son "socialistas a la violeta" y creen que todo consiste en disfrazarse de pobre, citar tres frases de Marx o acostarse escuchando un disco de "Che" Guevara. ¿Comprende? Me quedan más hechos, recuerdos, datos...

Veo todavía la frase de Lenin inscripta en varios muros. "Aunque el pasado no le guste, no olvide que forma parte del país. Conserve el patrimonio...". Allí está como un testigo el Kremlin, la Plaza Roja que mandó construir Iván el Terrible y después ordenó quemar los ojos del arquitecto para que nunca más repitiera la obra maestra; allí están los tesoros más impresionantes que he visto en mi vida. Intactos. Allí está Lenin, momificado, transformado en un ser religioso.

Millones de personas cumplen la liturgia de pasar a verlo en inclinarse ante una imagen que conmociona. Los recién casados tienen prioridad en la visita y la novia va con su velo y el novio con su traje típico apenas terminada la ceremonia.

¿Si se nota opresión? No sé... tal vez, sí... tal vez, no... En algún otro país dominado hoy por los rusos, sí la viví. Es que después de tres siglos de dominación tártara y de zares exclusivistas, hoy los rusos viven como más iguales. Pero los pueblos que supieron de otra vida, de otra formación, pueden sentirse mal por imposición ideológica que a veces, como en Praga y en Budapest, se hace presencia física y luto a la hora de disentir.

En Hungría ya hay propiedad privada; aumenta a 16 metros cuadrados por persona la posibilidad de la habitación; los negocios pueden tener un dueño y no más de tres empleados u obreros. La publicidad estimula el consumo.

La Fiat está en todas partes. Los hoteles Hilton empiezan a asomar. Se trata de que ellos avancen hacia el consumo y algunos países occidentales y cristianos abandonen el derroche. a mitad de camino, debe quedar la verdad... Me queda mucho por escribir. Concluyo.

Con las mismas pautas que le doy usted puede juzgar bien o mal a Rusia. Pueden creer que allí los hombres y las mujeres son insectos o que son protagonistas. Usted me preguntará lo de todos, y lo único que no puedo responder: ¿son felices?...

De lo que estoy seguro es de que el día de que se abran las compuertas, ellos se contaminarán de nosotros.

¿Por qué? No sé. El pueblo parece más ingenuo. Más provinciano. Más niño. Menos agrietado por la lucha del "tener". Inducidos al "saber". Me alegro por mis hijas.

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