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Una cierta sonrisa, Julio de 1977

REVISTA EXTRA - AÑO XIII - Nº 145 - JULIO 1977

UNA CIERTA SONRISA

Ya sobre fines de 1994 un joven coronel –"El candidato imposible", según los diarios de la época- le ofreció a Amadeo Sabattini, el "Balbín de su tiempo", contraer el primer matrimonio político-militar para marcar una decendencia sin sobresaltos después de lo ocurrido en 1930 y que se repetía en 1943. Ya entonces despuntaba la manía nacional de pasar de gobiernos militares –Uriburu, Justo- a gobiernos civiles, Ortiz-Castillo. Sabattini, recluido en su natal Villa María, amante impenitente de la famosa frase radical que tantas veces impidió flexibilidades, pero que dio una constante moral, "Que se rompa pero que no se doble", rechazó el casamiento; entonces el audaz y ambicioso coronel Juan Perón resolvió casarse por su cuenta. El radicalismo había perdido una oportunidad histórica –que en 1973 trataría de revisar pálidamente (casi 40 años después)- conviviendo con Perón, pero ya no era matrimonio.

Perón en 1944 desde la esfera militar y tomando parte del pueblo, sin intermediarios, constituyó su Movimiento de Opinión, hizo pie ancho en los sindicatos, y de algún modo durante 10 años el país se dividió entre peronistas y antiperonistas, que era como decir entre Ejército y Civiles, en cuanto se le daba a Perón un claro sentido de militante militar. En 1951 Lonardi se hartó y resolvió retirarse de la escena. Lanusse, Julio Alsogaray, Premoli y tantos otros terminaron en la cárcel. El brigadier Agosti exiliado en el Uruguay. El "Gogo" Uriburu, también. Amaneció 1955. Lonardi, no peronista desde la primera hora, trato de rescatar aquello que era rescatable del justicialismo. Pero otros, no tan antiperonistas en tiempo de Perón, inventaron ya entonces la palabra "entorno" y so pretexto de estar rodeado de nazis y fascistas –como si Hitler sólo no alcanzara y hubiera que aumentar la fuerza descalificatoria con Benito Mussolini- lo desalojaron del Poder. El nuevo presidente Pedro Eugenio Aramburu, un hombre de bien, serio, correcto, con autoridad, suave pero firme –un día sintió pasos en el pasillo de su despacho presidencial y 15 generales disidentes pasaron a retiro de un plumazo-, resolvió volver a la democracia pero sin ningún acuerdo previo, salvo la proscripción del peronismo. No buscó ni el continuismo de él mismo, ni de sus "amigos", ni de sus aliados circunstanciales: los radicales. Y ganó Arturo Frondizi, apoyado por el régimen militar. Triunfó "el adversario", y por supuesto matrimonio civil-militar no hubo ni se intentó. Los días de Frondizi, estaban contados entonces. Le fuera bien o mal. Hiciera lo que hiciera. ¿Gobierno o se defendió durante 4 años? Impuso en el aburrido cielo nacional novedades económicas. Tomó decisiones históricas y sucumbió. José María Guido, un hombre humilde, bueno, útil, honesto, no quería perpetuarse en el Poder, y en el medio de una democracia casi falsificada llamó a elecciones otra vez sin el peronismo y otra vez sin alianza cívico-militar: por un lado se presentó el partidismo, el viejo tronco radical, ahora con Arturo Illia en vez de Ricardo Balbín y, por el otro, desde su soledad militar, intentando un casamiento con la civilidad, Pedro Eugenio Aramburu. Ganó Illia, pero Aramburu, desde el "flamantazgo" político, le dio un gran susto a la partidocracia en estado puro. Reveló Aramburu que se podía lograr el matrimonio nunca alcanzado. Por supuesto "el partido" corrió la misma suerte que Arturo Frondizi. Porque Frondizi, y olvidé escribirlo, en 1955 se "casó con Perón", pero no con las Fuerzas Armadas. Los radicales entendieron que podían caminar sin Juan Carlos Onganía. Creyeron que las circunstancias nacionales daban para una democracia químicamente pura. Y no..., y no..., y no...

Juan Carlos Onganía intentó, una vez en el Poder, algo contradictorio: el militarismo absoluto. Los partidos y sus apóstoles a la congeladora, pero... sin militares. Porque los "mandó al cuartel". Trabajó sólo con oficiales retirados. Siendo un hombre con autoridad total, sin una sola tacha que lastimara su imagen incorruptible, amigos y adversarios lo acusaban de haber elegido la soledad. Tampoco hizo matrimonio. Era tan renuente a hacerlo como los radicales. No quería contagiarse de otra vida que no fuera la vida que eligió. Hablarle de políticos era erizarlo. Igual que Sabattini, primero, o Ricardo Balbín, después, era estéril tratar de convencerlo de una alianza cívico-militar: un rictus de desagrado amanecía en el rostro. Onganía, intocable, pero solitario, vio en una media tarde disiparse su Poder.

Roberto Marcelo Levingston, un hombre inteligente y duro, maniobró después como supo y pudo, con el escaso Poder que le entregaron. Especie de "Cuarto Hombre" de su momento, trató de ascender y ser el "Primer Hombre". No lo dejaron. Intentó el casamiento con la generación intermedia" de políticos y con dirigentes sindicales no manchados. No tuvo tiempo. Hizo su aparición Alejandro Agustín Lanusse: ¿aparición o presencia sincera en el escenario que lo había tenido por factor preponderante, pero sin rol hacia la calle? Prefiero esto último. Lanusse pensó en el matrimonio cívico-militar. Buscó comprar anillos del compromiso. Pero una y otra vez "El Partido Político –léase Radical- y el Movimiento –léase Perón- rechazaron las alianzas (léase anillos de matrimonio). Pero ya Lanusse, temperamental y arremetedor, había abierto las compuertas electorales. Los plazos lo ahogaban sin formar "la pareja".

Ezequiel Martínez fue una especie de "marido sustituto de última hora". Sin tiempo, sin imagen y sin chance. ¿Y si Lanusse se hubiera intentado casar políticamente con Perón o con Balbín? Lo acusan de que quiso y no pudo. Otros sostienen que Lanusse debió haber intentado que ese matrimonio lo consumara cualquier otro militar menos él... Y es un reproche. ¿Quiso, supo y no pudo? ¿No lo dejaron? Resultado: 25 de mayo de 1973 "el Movimiento" al Poder; "el Partido" compartiendo la escena ("el que gana gobierna, el que pierde ayuda": Balbín) y las Fuerzas Armadas abucheadas, lastimadas, agraviadas, dejando la Plaza de Mayo, en cierto modo, "al adversario" y casi "al enemigo", según lo probó el terrorismo después.

Esta es la historia del no-casamiento Una historia de soledades mal compartidas y peor vividas.

¿Quién pagó estos caprichos y este divorcio con la realidad? El país. La Argentina. Usted y yo. Para qué cansarlo diciendo que en 47 años tuvimos, como consecuencia, 21 presidentes; en 30 años nos abochornaron de incontinuismo 48 ministros de Economía; 31 presidentes del Banco Central; 33 presidentes de YPF... Fuimos creando el clima de inestabilidad en la sociedad real. Las reglas de juego saltaron por los aires. Nos desmadraron de ilusión. Pasamos a ser, como dijera Sebastián Soler, con razón histórica, "el país de los sospechosos y los malpensados". Sabíamos de antemando que si llegaba un militar al Gobierno, fundando su Poder en las Fuerzas Armadas, tarde o temprano sucumbiría por falta de consenso cívico. Aun desde el éxito económico (¿prueba?: Onganía). Intuíamos que así llegara un civil imaginativo desde una precaria mayoría prestada y renovara el aire, tampoco duraría (testimóneo: Arturo Frondizi). Nos dimos cuenta que si la honestidad con mayúscula se instalaba en Balcarce 50, desde la concepción exclusivista partidaria, también sus días estaban contados porque no compartía el escenario con la realidad (busque en un archivo cercano y encontrará el nombre y apellido: Arturo Illia). Y también pronosticamos que las mayorías absolutas, que elegían no siempre dirigentes bien hábidos y que ponían en cruel penitencia a las Fuerzas Armadas, no iban a substituir, máxime cuando además abrieron puertas de cárceles a terroristas convictos y confesos (documento reciente: 7 millones de votos por Perón y 3 millones de votos por Balbín).

Hoy la gran novedad es que Perón después de 30 años de vedettismo total –en el Poder o en el exilio- ya no está. Se había transformado un poco en dueño del "no casamiento". El radicalismo no es ya un acero inflexible; nadie dice que se dobla, pero tampoco aman tanto la ruptura; si convivieron con María Estela Martínez de Perón, en un intento de salvar la democracia formal, ¿por qué no comprender el esfuerzo actual de las Fuerzas Armadas en su búsqueda de una democracia entera, integrada, profunda, con autoridad adentro? Aseguro que comprenden.

Es decir, que políticamente hay universo factible para una inversión de futuro.

Los indiferentes, que son mayoría, no quieren más zigzag. Posiblemente no sepan aún lo que anhelan, pero sí saben lo que no desean.

Libertad, paz, orden, honestidad y continuidad –que alguien termine alguna vez lo que empieza- son prácticamente los sueños de cualquier argentino en cualquier esquina del país.

Aquí es cuando asoma Jorge Rafael Videla y su planteo del diálogo, la consulta, el libreto, la comunicación. Diálogo no es llamar a Balbín, Frondizi, Robledo, Luder, Manrique o González Bergez a la Casa de Gobierno y preguntarles qué piensan. Tampoco pedirles que indiquen cómo debe ser la Argentina que vendrá. Menos convocar excluyentemente a los políticos más respetables que sean. Y seguro no pocos militares los políticos debieron ser los últimos en la consulta. Diálogo no es rifar el país en una urna próxima. Esto no lo quiere nadie serio; ni el más apasionado electoralista.

Diálogo, para mí, es síntoma de libreto previo. Es a propósito de algo. No es, como bien dice Jorge Aguado, "una mesa de café", donde arreglamos el país desde la palabra, la murmuración o el temperamento.

Jorge Rafael Videla debe ser el argentino que mejor sabe escuchar. Tiene toda la paciencia. Y con más de 30 años de Ejército, toda la experiencia vivida y escarmentada. No es un impaciente y tampoco un solitario. Abre ventanitas cada vez que abre la boca. Y abre poco la boca. Pero con gran precisión. Mientras muchos argentinos se enredan en "cuarto hombre, sí" o "cuarto hombre, no", el presidente se limita a declarar: "El cuarto hombre es una concepción formal de un esquema de poder. Nuestro país, en estos momentos, está regido por un esquema de poder que fue discutido –en el sentido amplio de la palabra- por las Fuerzas Armadas. Inicialmente fue aceptado y desde entonces rige como esquema válido, encuadrado dentro de todos los documentos producidos por el proceso, que es dinámico. Aquí nos debemos remontar a lo ya explicado: hay un punto de partida y uno de llegada, el que progresivamente será alcanzado. Por esto todos los documentos producidos desde el comienzo son siempre perfectibles en el tiempo en tanto nos permitan acercarnos al objetivo final.

"Por consiguiente no descarto que el actual esquema de poder, para el cual está concebida esta figura del cuarto hombre, pueda perfeccionarse. No obstante hoy es válido y no tenemos a la vista ninguna circunstancia que nos lleve a pensar que sea menester cambiarlo. Es un esquema que satisface las necesidades del presente, sin perjuicio de aceptar, si así lo impusieran las circunstancias, alguna modificación donde podría tener cabida esta figura del cuarto hombre u otra diferente, en materia de perfeccionar un esquema de Poder, que hoy es válido y sobre el cual hay acuerdo total".

Los que frecuentan a Videla sostienen que últimamente ha cobrado más seguridad, aprendió velozmente su trabajo de presidente, está mucho más suelto, no hay tema esencial que no desarrolle con convicción y conocimiento, y además –esto es esencial- se le advierte de vez en cuando una cierta sonrisa... Como de alguien que va tocando el futuro. Buscando ahora ganar la paz, que es mucho más difícil que triunfar en la guerra...

Videla esboza por estas horas una cierta sonrisa. Tal vez evoque los matrimonios (civil-militar) malogrados. No quiere repetir la historia porque sería repetir la Argentina y desanimarnos a todos. Pensar que EXTRA cumple 12 años y vio pasar en "esta-su-infancia" 9 presidentes. Duró más el director de EXTRA. Videla tal vez sonría, porque ante al Altar, ahora, encontrará más gente adicta a decir "SI" que a decir "NO". Es que no sólo envejecemos. Nos volvemos sabios...

Y rechazamos soluciones para el pasado.

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