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El Videla de la Historia, Julio de 1980

REVISTA EXTRA - AÑO XVI - Nº 181 - JULIO 1980

EL VIDELA DE LA HISTORIA

Nadie, en su sano juicio, sin resentimientos, puede ignorar que dentro de 20 años algún "neutral apasionado" escribirá la historia de este tiempo. Así como María Estela Martínez de Perón en su carácter de "presidente destituido" merecerá un capítulo aparte, así también el general Domingo Antonio Bussi, por su doble gestión en Tucumán –militar y gobernante-, y los generales Suárez Mason y Camps, por su vigorosa lucha contra la subversión, o el almirante Emilio Eduardo Massera, por su decisión de incursionar en la vida política después de su paso por el Poder Militar, figurarán en los distintos registros de ese cuento bien contado que tiene que ser una historia cierta. Por supuesto, la figura, la imagen y los actos del presidente Videla constituirán para ese entonces un apéndice muy especial y, acaso, el más voluminoso, porque fue protagonista esencial de los días que van corriendo y que entonces serán analizados minuciosamente, sin pasiones, sin histerias y sin simpatías o antipatías en su alrededor.

Los argentinos, tal vez la humanidad, juzgan por simpatía o antipatía. No se rigen por los hechos. Hay que admitir que Videla tiene hoy imagen más definida y gustada que cuando empezó el Proceso. Su austeridad, la sensación de que el Poder no es su obsesión, su ecuanimidad y equilibrio –se compartan o no sus decisiones- han gravitado hondamente en la opinión pública e incluso en los adversarios políticos del Gobierno. No practica ni tampoco produce el efecto de un "dictador militar". Por lo contrario, en algunos momentos críticos de años atrás hasta sus camaradas se impacientaban por la falta de una reacción descomunal frente a episodios que en otro militar hubieran merecido desde un "golpe de puño en la mesa" hasta la respuesta intempestiva. Nunca ejecutó los actos materiales, verbales o físicos que fueran respuesta a agresiones o actitudes destempladas que no pasaron inadvertidas para el Gran Público y menos para "la escena". Bastaría evocar los días difíciles de su reelección presidencial, las horas aciagas del tema Beagle, donde sin perder su condición de jefe militar intentó abrir los resquicios de la "Paz que merezca ser vivida" antes que impulsar "heroicamente" el gesto belicista.

Pero cuando el historiador del 2000 quiera acentuar el perfil videlista tendrá que decir que instauró la estabilidad como sistema y obsesión. Que fue el presidente que más defendió a sus colaboradores y a la continuidad como estilo, como "mantenimiento". Que ningún principio fue más importante para Videla que mantener el trípode del Poder –el sistema de la Marina, el Ejército y la Aeronáutica dominando el escenario y transformados en Junta Militar dictando los actos máximos- evitando las fisuras, curando las heridas, velando para que no se quebrara la armonía a ningún precio.

Otro carácter, otra "manera de ser", hubiera puesto en peligro la "idea" de convivir en el Poder. Tal vez esta personalidad "no fuerte" –según se lo juzgue y mire- tuvo que ser "más fuerte" que otras personalidades avasallantes, temperamentales, para no dejarse conmover por las circunstancias ni arrastrar a los abismos de las decisiones extremas, que son las que ponen siempre en peligro las convivencias elegidas para cumplir caminos y objetivos. Tal vez en Videla su carácter haya sido el no exhibicionismo del carácter. El no perder nunca la calma interior. El abrazarse a sí mismo en vez de derrocar al "otro".

Usted se preguntará: ¿Por qué trata hoy de explicarnos a Videla cuando estamos inquietos o preocupados por las piedras que caen sobre el cristal del Proceso o por saber cuáles son las reformas que intentará Martínez de Hoz para terminar con honor su gestión económica –y con éxito- en marzo de 1981? Porque no se comprenderá nada si primero no se ayuda a descubrir la figura de Videla. Lo otro es lo "urgente"; definir a Videla es lo importante para adivinar el futuro.

Partiendo de "cómo es Videla" y no de cómo usted o yo quisiéramos que fuera, van estas premisas:

1º. Que no habrá vacilaciones, ni actos espectaculares, ni cambios abrumadores de aquí a marzo de 1981. Que el respaldo que le dio, le da y le dará a Martínez de Hoz es una filosofía vivida muy dentro de sí mismo, a partir de haber sido un oficial del Ejército que recuerda todos los días que en los últimos 31 años la Argentina tuvo 32 ministros de Economía. Y como el resultado fue la debacle, para Videla nada hay más im-pres-cin-di-ble que la estabilidad. No se violenta por un resultado de más o uno de menos, no se vuelve ansioso cuando llueven los proyectiles de varios costados sobre la conducción; al contrario, por primera vez levanta la voz y sale al cruce con todas esas fuerzas que tal vez no puso para defenderse a sí mismo de algunos "malos ratos" que tuvo que pasar en días que quedaron atrás.

2º. Encuentra en ese sentimiento el respaldo, la compañía del Ejército; en la voz del teniente general Galtieri la ciudadanía se entera de que el "Ejército avala lo hecho, lo que se hace y lo que queda por hacer". Creer o no creer parece la disyuntiva en la hora difícil de la crítica ajena. Resuelven (plural) creer y seguir. Nada es más insondable que el sistema de causas de nuestros actos. Es como si las palabras siempre o eterno hubieran rescatado su acepción original. Y porque, además, resulta imposible llevar a través de un gentío la antorcha de una convicción sin chamuscar aquí o allá alguna barba.

3º. Así se "tragan sapos", como diría Alejandro Agustín Lanusse, pero también se fabrica el clima de la seguridad de los colaboradores. Y se transmite a la O.P. (opinión pública) una idea-causa: la continuidad. Que es todo lo contrario a la sensación como vivimos estos últimos 30 años en que todo duraba poco y bastaba un soplido para cambiar las reglas de juego, los hombres y hasta los sentimientos.

Por eso, al cumplir EXTRA sus 15 años que quedan atrás y al ingresar en los primeros 16 años de vida, retratar el momento tomando como "novedad" el estilo de Videla me pareció más atractivo y más atrevido que ir bordeando los estados de ánimo de la sociedad, juzgar las censuras, privilegiar las modificaciones que hará conocer Martínez de Hoz en días más u ocuparme de si estamos asistiendo al fina de curso de los "turistas felices" que pueden traer de todo y que de ahora en más pagarán como cualquier hijo de vecino los gravámenes por la felicidad que ocultan en sus rellenas valijas.

Si la Historia va a tratar bien o mal a Videla ya escapa a mi control y perspectiva y dependerá, lógicamente, de cada uno de los que la escriban. Pero que no podrá ignorar ninguno de ellos que se inauguró un estilo de defensa apasionada de "hombre y filosofías", que el sistema de lealtades del Poder con sus designados funcionó como nunca, es también dato cierto. Además, todo dependerá del éxito final o del no éxito. La virtud de Videla amparando una doctrina los nombres de quienes la ejecutan, es una virtud sin cálculo. El rompe aquella lección de tener "ministros como fusibles". Para Videla, los ministros son hombres, no instrumentos que se pueden usar o quemar con ligereza. Un hombre no es un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. Un hombre, para Videla, tampoco es el resultado de hoy, el éxito del momento o la derrota de ese instante. Es algo más. André Breton decía que un hombre es capaz de describir sesenta y dos maneras de apoyar la cabeza en la mano. Pero así como da, quiere recibir. Los ratitos son más largos que los ratos. Eso es lo malo.

Usted tal vez no me perdone no haberle dado las pautas, las notas, de esta delicada época. No haberme ocupado lo suficiente del presidente que la Junta Militar elegirá en 3 meses más. No haberle insistido lo suficiente en que no habrá devaluación y sí reintegros y sin bajas de aranceles, y sí algún subsidio para aplacar malos momentos industriales. Tal vez me falte decirle, corriendo los riesgos del pecado mortal, que noto a la clase media mejor que años atrás. Que el problema anida más en los industriales y en los protagonistas del campo que en los sectores ciudadanos que operan como "clase media" y que sin estar en el paraíso no conocen ningún infierno aunque haya susurros quejosos. Esta es mi fábula. Pero la Historia, es otra cosa.

El dato cambia la fábula. Y se viene abajo toda la armazón. En cambio, la Historia está bien descripta en esta frase de Gustavo Le Bon, allá por 1917: "Las generaciones que forjan la historia de una época no supieron escribirla. Los vivos sólo son imparciales con los muertos".

El suceso, decía una abuela mía, hace perder de vista el Proceso. Yo estoy almorzando dudas. Pero distingo entre el humo de los incendios espirituales las efigies, los comportamientos y "los gestos" que no se pueden dejar de "exhibir" con algún entusiasmo, con cierta ilusión. Más allá de "si perdemos o ganamos". La vida no es un partido de fútbol. Dos más dos no es siempre cuatro. Ni tampoco me emocionan las computadoras porque no se equivocan.

Videla se irá en marzo del Poder Político. No creo, aún, que ser vaya de la escena. 1984 o 1987 tal vez nos devuelvan su imagen, como las olas vuelven a las playas. No tengo que ser Diógenes paseándome con una linterna por las calles anochecidas de Atenas para darme cuenta y firmar mi pronóstico. Tengo simplemente que darme cuenta de que el mundo no ha de ser muy viejo todavía porque los hombres, por sí mismos, no saben volar aún. Pero sí saber portarse. Frente a los hombres de Estado que cedieron ministros, secretarios de Estado, amigos, fidelidades, Videla propone todo lo contrario. Levantar un altar a la lealtad en el Poder, claro está, desde las mayores convicciones. Pero el tiempo juzgará. Eso se llamará Historia. No turbia. No en panfletos. No en ataques desde la insolvencia. No desde la mediocridad. La historia mayúscula, que no preguntará si la inflación bajó un punto o subió otro. No la historia de la balanza de pagos o del producto bruto nacional. No. La Historia que juzga los comportamientos humanos. Las conductas.

Hoy pasamos a tener 16 años. Sin temblar ante los temporales. Porque no quiero merecer el título de "observador tan sutil" que veo siempre un grano de arena antes que una casa.

Cuando un día llegué al despacho de Charles De Gaulle vi un lema como gran interrogante para su visitante: "Usted me trae la solución o forma parte del problema?". Siempre quise ser solución. Nunca problema. Terminé.

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