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¿Les cuento un cuento?, Julio de 1983

REVISTA EXTRA - AÑO XIX - Nº 217 - JULIO 1983

¿LES CUENTO UN CUENTO?

Hace hoy 6570 días apareció el primer número de EXTRA. La inflación era del 20 y pico anual. Casi no teníamos deuda externa. Ningún soldado había muerto en las Malvinas. Del terrorismo sólo conocíamos su existencia por los cuentos que venían de América Central y de Europa. El que se recibía de ingeniero trabajaba de ingeniero. La sociedad recordaba con respeto a aquel general Pedro Eugenio Aramburu que había prometido devolver el poder a los civiles y lo hizo. La expresión "ilícitos" era de puro diccionario. El país tenía enfrentamientos entre peronistas que no pudieron votar por sus candidatos y radicales mimados entonces por todo el antiperonismo social que existía en el país. Perón mandaba alguna carta, instrucciones y cassettes desde Madrid. Augusto Vandor estaba vivo. José Alonso, también. "La vida" tenía valor reconocible y la libertad amagaba presentarse en sociedad cuando los justicialistas dejaran de ser país, según había prometido con fuerza de cumplir el partido gobernante. Era presidente de mi país Arturo Illia. De quien se adoraba su honestidad, pero merecía fuerte crítica por su lentitud y una imagen que iba siendo distorsionada velozmente por algunos medios de comunicación y no pocos opositores. No todo lo que hacía el Gobierno era malo. Pero reconocerlo daba trabajo.

Un día, lo echamos a Illia. Entre todos: unos por ejecución, otros por omisión, otros por ayudar a crear el "climax destitucional", otros por dejarlo caer. Etcétera, etcétera... ¿Qué conseguimos de bueno? Les cuento: vino Onganía, destituido por Lanusse -Roberto Marcelo Levingston en el medio, como breve paréntesis-, y después Héctor J. Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Perón, Isabel Perón, Videla, Viola, Galtieri y Bignone, salteándonos al general Saint Jean para no aumentar nuestra angustiante estadística. Cada uno proponiéndonos un país distinto y terminando por hacer el mismo: la República del miedo, de la decadencia, del rencor, de las manos sucias, de la sangre, de los ilícitos, de las naftas adulteradas, de los enfrentamientos que otros dicen que son fusilamientos, de un gobernador -que además es general- que saca su pistola en público frente a famélicos vigilantes tucumanos, de gente que propone venganza en vez de justicia.

Los "capos" -no el país- se enfermaron de moral. La ética ciudadana se evaporó como los cheques voladores. Empezamos a sentirnos objetos en vez de personas. Siempre prohibimos a alguien. Los prohibidos a su vez prohibieron.

Pregunta: ¿Pero el país creció?

Respuesta: No. Decayó. El país quebró. Las grandes etapas de orden y silencio terminaron en frustraciones. El país se sintió estafado. En los pocos años de democracia (sic) tropezamos con los delirantes. Nos hundieron.

¿Y entonces?

Nos volvemos sensatos, razonables, o preparemos la próxima estatua de la derrota. El mausoleo del fracaso constante.

Desde estos 6570 días, 18 años de Revista, nos debimos equivocar mucho y también acertar algo. Depende de cómo usted quiera buscar. Hay quienes se pasan la vida apagando luces y hay quienes, acusados de color de rosa, pretendemos mantener algunas velas encendidas. Estamos como dicen los discursos ante "otra oportunidad histórica". No la incineremos. La vida militar no puede seguir instalada en el Poder Político. Se denigra. Se contagia de infecciones que andan sueltas y pagan justos por pecadores.

No hay otra garantía que tolerar a los políticos que lleguen al gobierno y el control, dejar que terminen su mandato. Reemplazarlos por el voto y no por las botas, y tener o comprar interminable paciencia.

No quiero en este primer editorial del año 19 de EXTRA prometerles o pronosticarles nada.

Si ya no quedan ejemplos, maestros o modelos, hay que empecinarse en abrazar principios. El de la libertad para todos y no para algunos, es casi clave.

A la Argentina se le han perdido varias ilusiones y dicen que los militares las tienen... /¿Yo señor? / Sí, señor / No, señor /.

¿Entonces quién las tiene...?

A los argentinos se les ha perdido un gran país que antes fue y dicen que los civiles lo tienen... ¿Yo señor? Sí, señor. No, señor. ¿Pues entonces, quien lo tiene?

Por favor, no sé cómo terminar este cuento... ¿Lo termina usted? Gracias.

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