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¿Off de record?, Junio de 1982

REVISTA EXTRA - AÑO XVII - Nº 204 - JUNIO 1982

¿OFF THE RECORD? ACERCA DE LA PATRIA

¿De qué se habla en voz baja en la Argentina de hoy? Vamos a la verdad y no a las especulaciones. 1º) El precio de la paz. Y si es posible, la paz. Mientras una minoría fervorizada cree que "hay que darles con todo" a los ingleses y seguir después de Puerto Argentino una guerra total, que demandará tres generaciones, otros argentinos silenciosos, que no se animan a hablar en voz alta pero sí "off the record", entienden que hay que cumplir la 502, retirarse, lograr el alejamiento de los británicos, dejar las Malvinas en manos de Naciones Unidas y negociar. 2º) El otro tema tiene que ver con la continuidad o no de Galtieri en el poder. No faltan quienes propugnan un gobierno de transición, donde los nombres de Carlos Ortíz de Rosas, Arturo Illia, José Antonio Allende, Italo Luder o Alejandro Orfila –que dicho sea de paso tiene su renuncia lista para presentar en cualquier momento como titular de la OEA- figuran en primera dimensión. Es evidente que la reciente declaración del coronel Bernardo Menéndez –que sigue siendo uno de los principales pensadores en el corazón del Poder- recordando que el mandato de Galtieri dura hasta 1984 puede enterrar ilusiones. Pero otros dicen que todo dependerá de cómo termine el conflicto en el Sur.

Hay algo cierto y de fondo: los argentinos, de una y otra posición, no quieren más ser "mandados". Quieren gobernarse y ser gobernadores. Un largo ciclo nacido allá por 1928, con presencias alternativas de militares y civiles, termina. Pase lo que pase. Lo quiera quien lo quiera. Lo impondrán las circunstancias. Sería suicida oponerse. La realidad arrasará todo intento de permanecer en el poder sin República y sin Democracia. Los chicos que pelean en el Sur tienen entre 18 y 21 años, vieron pasar catorce presidentes y nunca eligieron a ninguno. Van a dar la vida, o se encontraron con la muerte, sin poder ser ciudadanos y sí en cambio siendo habitantes o soldados. No es justo.

Es cierto también que surge de cara al futuro un nuevo poder con poder, estrictamente militar, pero con peso político: la Fuerza Aérea. Peleó como los dioses –se manejan como héroes, no como suicidas- y además su comandante en jefe, el brigadier Arturo Lami Dozzo, cuya imagen ha consumido con mucho fervor la opinión pública argentina,no sólo llevó bien la pelea, sino que fue el primero de los máximos jefes que habló de tres banderas y de una negociación inteligente y abierta cuando soñaban voces ásperas, triunfalistas y hasta exageradas.

No cabe duda que otro tema impacto, sorpresivo y por momentos no agradable en oídos de civiles y militares, fue la ineludible presencia de Costa Méndez en La Habana. Porque el tono de los discursos y algunas expresiones producidas en la capital de donde partió tantas veces "la orden de muerte" para argentinos como Aramburu, Larrabure, Quijada, Vandor, Sallustro o el coronel Viola y su hija, no podía transformarse "por necesidad" o por "circunstancias" en el idilio de turno. Lo aclaró Costa Méndez al volver. Pero tenemos que manejar con cuidado esas ambivalencias que un día nos hacen renegar del Tercer Mundo o de los "no alineados" y otro día terminamos abrazados con Fidel Castro. Por recibir al Che Guevara cuando manteníamos relaciones con Cuba, entre todos, destituimos a Arturo Frondizi, una de las propuestas más lúcidas de gobierno que tuvo la Argentina (y aclaro que, equivocadamente, no lo voté en aquella oportunidad). Tornarnos un país fiable, estar en el mismo sitio aunque perdamos –pero ganemos en convicciones- es también una obligación de la hora.

Usted dirá "¿pero por qué no habla de la actitud torpe y cruel de los EE.UU. o de la locura de Margaret Thatcher?". Ese es el enemigo. No puedo influir en su conducta y sí pagar sus consecuencias. Desde el primer momento me imaginé a la señora Thatcher y su flota punitiva. Porque no olvidó que cuando la noche de la recuperación, en la comunicación telefónica, tres veces el presidente Reagan le advirtió al presidente Galtieri: "Usted no sabe con quien se metió. Yo conozco a la señora Thatcher y sé hasta dónde va a llegar...". Y llegó.

No soy de los que creían que no pasaría nada. Me suscribí a los que desde el 3 de abril pensaron que pasaría de todo. Porque la señora Thatcher es Winston Churchill redivivo, y porque conocíamos de sobra la relación con los EE.UU. y las alianzas imposibles de cortar. Y porque pese al folklore de estos días nunca a EE.UU. le interesó realmente Latinoamérica. Y porque nosotros en el pasado cercano tampoco hicimos un culto de amor por nuestros vecinos y contemporáneos. Y porque no nos van a perdonar que hayamos querido obrar sin permiso. Ya no hay guerras ni reivindicaciones justas sin permiso. En Yalta se cavó la fosa de las "grandes guerras" y sólo permiten las "pequeñas guerritas". Nos introducimos en un mundo que nos quiere poner en penitencia por "no hacerle caso a sus reglas de juego". Esto lo dijo clarito el doctor Raúl Quijano, cuando antes del rescate de las Malvinas comió con Costa Méndez y hasta habló con Galtieri.

Algo que dirá la Historia es si realmente en el montaje del gran operativo figuraban las alternativas que después vivimos. ¿Realmente se pensó –o no – que Inglaterra reaccionaría ferozmente? ¿Se midió si nos convenía quedarnos en las Malvinas o entregarlas de inmediato la jurisdicción de Naciones Unidas y quedar como reyes en el mundo, pidiendo posteriormente la posesión de lo que es nuestro? ¿Meditamos sobre el costo subsiguiente? ¿No nos equivocamos en las primeras posiciones irreductibles para ceder más tarde? ¿Negociamos bien? ¿Si cayera Puerto Argentino hay que seguir una guerra total, hay que subalimentar el odio que ya existe contra los ingleses y principalmente contra los EE.UU.? ¿Hay que pedir ayuda a Rusia o comprarle todas las armas que se pueda?

Tal vez este editorial de La Prensa ("El Patriotismo") comentado por el "tout" argentino que medita valga la pena de ser leído una y otra vez.

"Una de las más difíciles tareas del gobernante es resistir a las pasiones que el patriotismo desata. Nunca, por ningún motivo y en ninguna circunstancia, en la guerra o en la paz, en la fortuna o en la adversidad, debe alterarse la claridad del juicio de quien tiene a su cargo la responsabilidad del poder. Ni la más noble intención disminuiría su culpa ante el tribunal de la historia si dejara que el halago de la popularidad o la irrupción de los sentimientos ofuscaran el cálculo frío y certero que debe efectuar, insensatamente, para proteger los intereses generales.

"Jamás debe alentarse desde el poder el odio sin límites o el resentimiento eterno. Por el contrario, hay que fortalecer el criterio sereno y ecuánime de la opinión pública, porque un pueblo que no piensa es un pueblo que marcha a su perdición. Y por eso en la dramática circunstancia que vive el país, el gobierno debe velar para que no resuciten, como la sombra terrible de Facundo evocada por Sarmiento, los factores de la irracionalidad, el prejuicio y la venganza, aunque éstos se inspiren una grave ofensa inmerecida. Tiene que impedir que el país vuelva a sufrir los efectos de una obnubilación de su memoria, que le haga olvidar cuál es su origen étnico e histórico, cuál es su formación, cuál es su cultura y cuál es su destino. El país necesitará, después del conflicto, más que nunca los aportes del pensamiento, la tecnología, el financiamiento y también de la inmigración, que no podrán venir en el porvenir como no vinieron en el pasado, sino de las fuentes tradicionales de la cultura occidental, a la que pertenecemos indisolublemente y de la que no podríamos renegar sin negarnos a nosotros mismos".

Si resultó inevitable desembarcar en las islas Malvinas, no convirtamos el acierto en un error prolongado su ocupación militar más de los que el honor y el interés del país exijan. Nuestros gobernantes tienen a su disposición elementos que la opinión pública ignora, para adoptar la decisión que corresponda según su juicio inspirado en el bien de la Nación. Los países pagan caro la falta de carácter de sus gobernantes para contener los extravíos populares a menudo impulsados desde el poder o para abandonar las ilusiones que noblemente los han inspirado. Además, en el caso de las islas Malvinas, la acción emprendida tendrá un costo elevado, militar, económico, social y, sobre todo, humano, y nadie, ni desde el gobierno, no desde la prensa, ni desde la cátedra, ni desde ninguna posición influyente, "ni ebrio ni dormido", puede contribuir a que ese costo se exagere y sobrepase lo que sea estrictamente indispensable. La guerra total, por ejemplo, que algunos predican, significaría convertir todo nuestro territorio, nuestros puertos imprescindibles y nuestras populosas ciudades en legítimo objetivo militar del enemigo. Es evidente que el gobierno no quiso la guerra, ni siquiera una guerra localizada y parcial, y nadie en su sano juicio puede aspirar a convertirla en una guerra total.

"El gobierno necesitó coraje para hacer la guerra y, si fuera necesario, según su evaluación cuidadosa, debe tenerlo para buscar la paz. Ante la falta de información suficiente sobre la situación general y, sobre todo, de sus perspectivas, a nuestros gobernantes toca opinar y decidir al respecto, con energía moderada por la prudencia, con pasión patriótica circunscripta por la razón. Nuestras Fuerzas Armadas han peleado bravamente, han causado daños terribles al invasor, han cuidado el honor de sus armas, que es, en la guerra, el honor de la Nación. Por eso, hacer la paz, si al interés nacional conviniera hacerlo, nunca sería deshonroso, porque ella habría sido regada con la sangre de jefes y soldados argentinos. El patriotismo de Belgrano, que no vaciló en firmar un armisticio que convenía en aquellas circunstancias agiganta, su figura".

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