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Edith Piaf: “Color de rosa” que sólo existió en la canción, 12/19/1963

DIARIO EL MUNDO - 12 DE OCTUBRE DE 1963

EDITH PIAF: "COLOR DE ROSA" QUE SOLO EXISTIO EN LA CANCION

UNA ambulancia blanca rompía la oscuridad de la noche. Pueblitos dormidos, sin ojos, veían pasar la muerte con ulular de sirena. París, siempre París era la meta, un hospital, el norteamericano de Neilly, la última esperanza, 140 kilómetros por hora. Los grandes árboles, que jamás se acuestan, bordeaban el camino que lleva del silencio de Grasse (Sur de Francia) al ruido alquilado de París. Edith Piaf desplomaba si metro cuarenta y tres en la "camilla final". A su lado, 20 años menos y una vida ni vivida, Theofrasis Lambukas (ahora Theo Sarapo), 1,80 m le acariciaba el rostro, le besaba los dedos de la mano, la quería contagiar de la angustia egoísta que siempre azota al que se queda solo. Pero Edith Piaf había dejado de trinar para siempre. Se hundió en el silencio sin voz de la muerte. Ya no podría proteger, nunca más, a Charles Aznavour o a Ives Montand.

Todo quedaba atrás. 48 años atrás, "la PIAF" nacía en un barrio equívoco: Belleville. Tuvo destino fatal de abandono. A los dos meses, Lina Marsa, la madre, canzonetista descontrolada, desaparecía de las cuatros paredes de la pieza que llamaba "hogar". El padre, Louis Gassion, titiretero trashumante, la llevó de circo en circo algún tiempo. Después, la dejó sin cuna, sin techo. Una abuela, vencida más por la vida que por los años, la recoge con una piedad sin cariño. Sin ternura. A los cuatro años Edith Piaf queda sumida en una especie de noche eterna. Ciega. Ruega. Ruega. Y, años después, atribuiría a un milagro de Santa Teresa de Lisieux la recuperación de la vista. Se hace mujer de golpe. El padre vuelve. Trota junto a él. Sufre tanto que le llega la madurez excesiva. Algunos cabellos blancos a los 16 años. Y un deseo de morir ya. Ya mismo, de buscar una cruz. Pero la "Mome Piaf", como la llaman, se apodera del gorjeo de parís. Se instala en la música que habla del drama de la "casquette ladeada", y canta por las calles de Clichy, de Pigalle, de Montmartre, de Mentimontant. Y las monedas caen en la palma pequeñita de su mano ajada. Es un pajarito sin nido, que canta... una tarde está lavándose en la pila de un parque público; un señor se le acerca:

-Te escuché cantar. ¿Cómo te llamás?

"La Piaf": ¡QUE LE IMPORTA...! ¿Yo le pregunto cómo se llama usted...?

-Me llamo Louis Leplée... Soy dueño del "Geriys", donde la Mistinguet y Chevalier sobornan de admiración a París. Y tú cantarás allí, mañana mismo...

"La Piaf": Usted se volvió loco... diga...

Pero la noche siguiente allí cantaba. Vestida de harapos. Como la descubriera Leplée. Ella se impuso. Quería ser auténtica. Fue auténtica. Fue ella misma siempre. Totalmente siempre.

De ahí en más todo fue urgente. París, Francia, el mundo, se rindieron ante la voz de trino. Que sentía lo que decía en la letra agria de una canción. Y lo paradojal: lo sublime. "La vie en Rose" (la vida color de rosa) fue su éxito primero. Vital. Ella que se había mirado en el espejo de tantas destemplanzas, que sabía que la vida no era precisamente color de rosa...

Suceso siempre. Dinero a carradas. Pocos joyeros y menos modistos. Vestía siempre de negro. Pero desde el fondo de su alma de "argot" sabía que el éxito no alcanza. Sin amor no merece la pena vivirse la vida. Entonces conoció a un hombre grande, inmenso, junto a ella, de orejas arrepolladas, de nariz achatada y se casó con él: Marcel Cerdan, campeón francés de boxeo. Como si buscara desquite a su físico esmirriado. Como si quisiera alquilar la agresividad que no tenía... Pero Cerdan se mata en un accidente de aviación.

Nada la detiene; es ahora como la Mistinguet o Chevalier; es París. En 1945 hace cine con Ives Montand, "Etoiles sans Lumiere". Después recorre Europa y América con el equipo de los 9 compañeros de la Canción. Interviene en la comedia musical de Marcel Achard "La patite Lili". Todo cuanto toca se transforma en éxito.

En 1958, su físico se agrieta. Comienzan los desvencimientos. Algunas hemorragias. Se cuelgan de las pesadas cortinas cuando éstas se cierran y dejan delante el aplauso fervoroso, para no caer. Está consumida. Como su vida, parece estar consumada. Pasa de una operación a otra. Pero renace. Se muerde los labios, porque quiere vivir... para amar. Todo es cruel. Un accidente de automóvil, en las afueras de París, la torna casi subyacente. Sale de ésa. Después una úlcera perfora y lástima. Otra vez el bisturí. Su cuerpo menudito es una inmensa cicatriz. Como su alma adolorida.

Un día de marzo de 1962, justamente en la clínica de Neuilly, ve a Theo, el peluquero, llorando. Así lo conoce. Así lo ama. Se apasiona. Ella 47 años; él, 26. Alto. De largas patillas. Los diminutos dedos de Edith Piaf revuelven la vida sin gloria de Theo Sarapo. Lo ilumina. Y hace un año y dos días se casaron en la alcaldía de la sección XVI de París. Ochenta micrófonos de radios y televisión captan la palabra "SI", dicha al conjuro por Theo y Edith. Se van al departamento de ella, en 67 Boulevard Lannes, y un mundo de intriga queda detrás. Quejándose de la vejez de la Piaf y condoliéndose de la excesiva juventud de Theo. Entonces ella produce su último gran éxito: "EL DERECHO DE AMAR". Y lo canta hasta el agotamiento. Pero si en la "alta sociedad" y en la comidilla mundana se enjuició este matrimonio, el pueblo de París, del que precede "la Piaf", la ama más que nunca. Le grita: "Edith al Balcón". Le arroja a la pareja pétalos de rosa y granos de arroz.

Ella contará a un periodista en la intimidad: "¿Sabe por qué me casé con él? Porque nadie nunca ME TRATO CON TANTA TERNURA..."

La ambulancia blanca entró a París, en la madrugada, y su alta sirena no tenía sentido.

Edith Piaf se había cansado de luchar.

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