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ARCHIVO - REPORTAJES AL PAIS
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El suboficial ¿un extraño en el paraíso?, 22 de Noviembre de 1963

DIARIO EL MUNDO - 22 DE NOVIEMBRE DE 1963

EL SUBOFICIAL ¿UN EXTRAÑO EN EL PARAISO?

EL 8 de julio de este año, el país, mal o bien, respiraba, 24 horas antes, el ciudadano-víctima, había votado y la legalidad se reparaba con poxipol. Al día siguiente, según es hábito, los militares se reúnen en la Cena de Camaradería. Con los comicios encima y la movilización que ello significó, todo quedaba reducido a una comida en el Círculo Militar. Pero esa tarde Juan Carlos Onganía, general de la Nación, sugirió que en el "Campo de Mayo" se improvisara una cena para que los "altos mandos" que allí habitan en un mundo aparte hicieran catarsis, cambiaran impresiones y sonrisas, después de haber "dado la vida" para que el país votara. En la noche, jefes y oficiales superiores se ubicaron en torno de una amplia mesa. Y junto a ellos, compartiendo el pan y la sal, inesperadamente tomaron asiento varios suboficiales (los de mayor antigüedad), entre la sorpresa de los generales y coroneles presentes, y quien sabe si no algún disgusto íntimo de quienes se atienden a rigideces extremas cuando de la jerarquía y la subordinación se trata.

Claro, era totalmente infrecuente el episodio. Unico. Habían sido especialmente invitados. Lo importante era que a Juan Carlos Onganía no le pareció mal.

¿Cuál era la motivación de tales presencias? Hubimos de hurgar hacia atrás. Los suboficiales pertenecían a la Escuela de Suboficiales "Sargento Cabral", instituto que padeció como ninguno acaso, el drama de un ejército dividido en "azules y colorados". En septiembre de 1962 la Escuela "salió" de Campo de Mayo, convencida por su jefe en esa instancia –coronel Menéndez-, que horas después combatiría por "la ley, la Constitución, la legalidad". Cuando llegó al escenario de la lucha halló -¡oh mundo de sorpresas!- que el instituto era REBELDE y, por supuesto, sus componentes aparecían alzados contra todo cuanto entendían defender. Padecieron, con lágrimas en los ojos, de una capitulación total sin pelear, y volvieron a Campo de Mayo, desarmados y espiritualmente vejados. Cuando en abril se suscitó el segundo episodio –azul-colorado- la Escuela de Suboficiales, que estaba aún "touché", quedó como en "cuarentena", pues se dispuso su "no utilización", que es lo mismo que lacrarla con un sello de desconfianza. Una especie de extraño en el paraíso militar... Si es que aquello supone un paraíso. Se los tildaba desde peronistas a marxistas; desde "colorados" a "iñiguistas".

Concluido abril, un coronel joven, a quien no pocas veces se lo calificó como de "fuertemente politizado" y al que no le es ajeno el campo de la psicología, se hizo cargo del Instituto. Su nombre, Julio Aguirre. Encontró, por supuesto, rostros hoscos. Piel erizada. Una angustia encrespada y la clara sensación que da "el argentino a la defensiva". Había que cambiar el clima, y el pan y esa sal compartida con sus jefes en aquella noche del mes de julio fue intento impactante que desalojó ideas que llevaban a pensar en el exterminio de la grey de suboficiales.

Tiempo después, en Brasil se producía una sublevación de suboficiales izquierdistas. En la comunidad argentino creó ello no poca preocupación. ¿Estaba dado en nuestro medio un campo de cultivo similar? ¿Podía ser contagioso?

La investigación que realizamos derriba toda inquietud. Nuestro suboficial, como nuestro hombre común, no tiene nada que ver con el "caos" que fabrican otras estructuras llamadas "clases dirigentes". Hay máximas garantías para así juzgar; la gran mayoría de los suboficiales hacen ingresar a sus hijos a esta Escuela que debe ser la única en el mundo en la materia. Ello indica que no hay ni resentimiento no frustración, ya que la heredad de una vocación es siempre prolongación de un "estado de ánimo". Pese a que la carrera económicamente no es atractiva, 3.800 aspirantes se presentaron este año. La mayoría de los miembros de la Escuela pertenece al interior del país; el porcentaje debe ser superior al 70 por ciento. Es decir "el otro país". Al que podemos calificar de argentinista. Para el ingreso debe tener 17 años como mínimo y 21 como máximo. Sexto grado aprobado. Existe allí la posibilidad de adquirir una formación general, que corra por cuenta de 36 profesores civiles y 9 profesores militares. Quienes cumplen más de 18 meses en el Instituto quedan eximidos de prestar el servicio militar y se preserva después durante la carrera, todo cuanto hace a la condición humana y social de este tiempo; desde el momento de su egreso como cabo se hace acreedor a beneficios extensibles a la familia que van desde casas amuebladas en la mayoría de los destinos hasta asistencia médica gratuita, apoyo para construcción de vivienda propia y consideración para alcanzar empleo una vez retirado.

Después de un año, los padres aseguran que "el muchacho vuelve cambiado".

Consultamos a varios suboficiales antiguos el porqué la mayoría opta por comunicaciones o conductores motoristas. Y la respuesta revela cierto síntoma de inestabilidad, nada rara en este tiempo; el candidato a comenzar sus estudios en el Ejército elige esos dos renglones que les permitirán, en caso de tener que volver prontamente a la vida civil, ser dueño de una especialidad que le sirva para su quehacer al abandonar el estado militar. Ni caballería, ni artillería, ni infantería permiten ganarse la vida luego.

No hay tampoco diferencias supremas en el capítulo remuneraciones; un suboficial, en su último grado, percibe 22.700 pesos mensuales; un mayor o un capitán, que es su sinónimo, 27.000 pesos.

La encuesta y los tests realizados entre los suboficiales; nada hay más nacional que nuestro obrero y su dirigente. Y ni los 700.000 desocupados ni el costísimo costo de vida los aparta del itinerario trazado. Ser nacional.

Se trata solo de no "aislar a nadie". Una comunidad se salva con todos o con nadie.

Onganía hizo bien en no enojarse cuando vio sentados a su mesa a los extraños y extrañados suboficiales.

Volvían de una vieja y gratuita mortificación.

("Experiencia es el nombre que todos dan a sus propios errores..." OSCAR WILDE)

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