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Argentina, Bis, Febrero de 1967

REVISTA EXTRA - AÑO III - Nº 19 - FEBRERO 1967

ARGENTINA, BIS

Era una REVOLUCION PARA ATRAS. Con sensación de angustia y de fracaso, vivimos los primeros seis meses. ARGENTINA, BIS. La misma de antes o peor, y con el drama a cuestas de haber usado la última reserva. La final esperanza. La decisión del presidente Onganía de buscar la APTITUD cambiando sus apóstoles y poniendo nuevos fusibles sobre la oscura vida nacional, fue, de por sí, un alivio. Desasfixió. Martínez Paz y Salimei habían consumado la mayor cantidad posible de errores en el mismo tiempo. Fueron ciento ochenta días de una REVOLUCION PARA ATRAS. Con deterioro del país, de sus figuras, y con una fisura moral tremenda. Los objetivos de la Revolución se llaman: puertos, ferrocarriles, universidad, Tucumán, se enfocaron con el rasgo incoherente con que un elefante entra en un bazar. ¿Se había venido a construir o a destruir? ¿O a empeorar? El rasgo distintivo de la vida argentina -la inflación que devora incluso la poca seguridad espiritual con que vivimos- asumía características nunca vistas: once por ciento de suba de costo de vida, en diciembre tan solo, cuando en todo Perú, en 1966, alcanzó el 7,7 por ciento, por citar un ejemplo de un país en inflación.

Pero además fallecía una ilusión: Onganía. Repetíamos la Argentina política, gratis. Agravada.

El "relevo de guardia" -no el cambio de guardia, como lo llamó el doctor salimei- nos devolvió al 28 de junio de 1966. Habíamos perdido 6 meses. Pero llevamos perdidos muchos años, y 180 días más, no resultaban tan trágicos.

Con las alas plegadas, empezábamos otra vez.

 

Onganía manda

Para unos, la crisis estalló porque Alvaro Alsogaray desde EE.UU. envió un memorándum privado, resumiendo sus conocidos puntos de vista sobre la enrarecida situación argentina. Su "memo" -uno de los más claros documentos de diagnóstico nacional a nivel pedagógico que se conozca (aunque discrepemos con las soluciones propuestas)- no originó el cambio de fusibles. Ni tampoco, como algunos humoristas crónicos quieren probarlo, la cara solicitada del doctor Arturo Illia justificando su acción de gobierno, influyó en la decisión. Se habían acumulado muchos yerros en poco espacio; y el último, una casi neurótica resolución de Salimei dejando sin efecto una operación comercial con España y clausurando una compra de carnes, llevó al ahora claro canciller Costa Méndez a plantearle al Presidente un problema de aptitud frente al mundo. De seriedad y eficiencia en los negocios públicos. A Onganía, como siempre le ocurrió en su vida castrense, le bastó una apreciación de fondo para modificar todo el cuadro. Y en esto hay que poner el acento: ni presiones castrenses, ni Alsogaray, ni solicitadas. Onganía jefe, decidió. Equivocarse aquí, puede ser fatal para la comprensión de la hora. El ejército, o las fuerzas armadas, viven inquietudes, como todo el cuerpo argentino, pero no tan a full como para averiar al líder que supieron elegir.

 

El hombre fuerte

Roto el sistema de partidos políticos casi con el beneplácito general del país -y pensando que en los días que vendrán, esas estructuras también aprenderán y renovarán sus métodos para volver a ser útiles a la República, como lo fueron en un tiempo-, hace falta el hombre fuerte. Una especie de Bismark. Impulsa un plan de desarrollo, da la pauta desde el Poder y deja que los sectores privados -guiados u orientados por un Estado moderno- realicen el proceso. Ese hombre fuerte o debe provenir de las Fuerzas Armadas o debe merecer la total fe de ellas. Sin ese consentimiento no hay Revolución posible ni cambio soñado. Mejor seguir en la hipocresía anterior, durmiendo sobre el estancamiento. A partir de allí, lo vital es la "elite" de que se rodee el jefe. Onganía no había elegido bien. Argentina no tenía un problema moral primero, y económico y político después. Era a la inversa. El proyecto, pues, de una Revolución como la que citamos, convoca primero a los sectores de intereses, empresarios y obreros, logra una tregua social, llama a los más capaces -sin vetar la ideología, salvo que fuera horrorosamente extremista-, entonces logra la Unidad Nacional, y deja que sirvan los que sirven. Aunque esto parezca perogrullada máxima. Después se trata de ver qué sectores están de acuerdo con cambiar la actual coyuntura y cuáles aman el status quo. A estos últimos no se los combate. Se los olvida.

La estrategia subsiguiente tiene que aceptar una primera realidad: para operar a un enfermo hay que tener el consentimiento del paciente. "Las masas populares -dice José Luis de Imaz- están definitivamente movilizadas. Es un hecho histórico del cual no se vuelve atrás, y el proceso de democratización social de la Argentina es irreversible". Si esto es verdad, Y ES VERDAD, entonces las modificaciones, las intervenciones quirúrgicas, aún las más dolorosas, se PUEDEN y se DEBEN hacer con el consentimiento del paciente; vitalmente, con una CGT madura que comprende que todos los sectores argentinos están en culpa y falla -TODOS -, y que los trabajadores, como TODOS, deben ayudar a corregir un sistema que al primero que castiga y desubica es justamente al sector social más desprotegido. Es decir, hasta los chicos tienen que convencerse de que aún en la penitencia, sus padres los ayudan. Pero los padres no deben hablar de austeridad o pregonar el ahorro mientras van al hipódromo o se divierten en París. El ejemplo es de regla de tres simple, pero a nivel económico, el lenguaje barroco ha llevado a la incomunicación. Y en ese desajuste andamos.

 

Los elegidos

Ya mismo lo proclamamos: creemos que en esta segunda etapa de la Revolución, vamos a andar mejor. En las designaciones fundamentales, el ministro del Interior y el de Economía, privaron dos estilos distintos pero igualmente serios y dignos de analizarse: en el caso del doctor Guillermo Borda, y más allá de su valoración personal -estamos ante un esencial hombre de Derecho, un apasionado estudioso y un desapasionado consultor de la vida política argentina, sin traumas y sin complejos-, la actitud del presidente Onganía rompiendo con los miedos, los prejuicios y en el enfermizo etiquetamiento nacional, y nombrando colaborador a quien fue en 1946 ELECTOR DE PRESIDENTE -y el presidente se llamaba Juan Perón- es realmente una revolución dentro de la revolución. Onganía formula una suerte de desafío a la historia reciente, y hace realidad aquello de terminar con el pasado y dejar de vejar a los que no merecen ser vejados si su conducta fue digna y su aptitud de servicio es válida. Un señor que fue elector de Perón, en la Argentina del odio y del rencor, así fuera el más brillante ciudadano, tenía destino de ataúd en la vida política nacional. Ahora no. Y si este ejemplo se repitiera, y si mañana se llamara a colaborar a frondicistas utilísimos que están marginados, a demócratas cristianos de talento, que los hay, o a radicales del Pueblo de mentalidad nueva, que no faltan, realmente haremos la Argentina con todos y no la Argentina de los inéditos, como se quiso en un principio.

A su turno, la ubicación de Krieger Vasena en el ministerio de Economía, de Alberto Sola en Industria, las ratificaciones de hombres que le hacen tanto bien al país como LORENZO RAGIO -titular de Agricultura, un experto que puede llegar a hacer maravillas en su medio- Rubens SAN SEBASTIAN -la mejor imagen para una CGT con consentimiento-, el propio Gotelli, secretario de Energía y Combustibles, el doctor Petraca, el secretario de Justicia, CONRADO ETCHEBARNE, que tiene la modernidad en el pensamiento y en la acción, amén de inteligentes designaciones en el Banco Central, crea en general la sensación de que estamos ante un equipo coherente que va a poner el país en marcha. La presencia del doctor Raúl Puigbó en Asistencia para la Comunidad, es otra garantía a priori.

Si a esto le agregamos la buena idea de haber ubicado al general Osiris Villegas en el CONASE -misión estratégica para un proyecto grande- realmente pecaríamos de injustos si no hubiéramos renovado la esperanza. Como dijo el doctor Borda -muy combatido, por supuesto, por algunos columnistas e intereses que quieren morir viendo una Argentina dividida entre peronistas y antiperonistas- "la astucia para trabajar contra otros y no la eficacia para trabajar con otros es nuestra cualidad característica. Las consecuencias han sido el deterioro, el desánimo, el subdesarrollo...". Y es totalmente así. Pero esta etapa que se cerró el 28 de diciembre de 1966 con el cambio de fusibles, o de la mayoría de los tapones quemados, tiene que ser para bien...

Hay remilgos. Lógicos. Sólo se fueron siete gobernadores sobre 22, y la permanencia de algunos mandatarios provinciales realmente frustrantes, no es compatible con el nuevo aire que llenó los pulmones del gobierno. La insistencia de Botet al frente de la Universidad -agredida pero no arreglada- o el contarse nuevamente con la presencia del profesor Gelly y Obes en la Secretaría de Educación, son errores. Botet, porque con su pasión encendida, no resuelve el capitular tema universitario, y Gelly y Obes porque salvo nombrar a Mario Botet -hijo del rector-interventor de la Universidad, en el Pabellón en París y ser el único representante entre 119 países que en la Unesco se negó a recordar el centenario de la edición del primer tomo de EL CAPITAL, de Marx- no ha acertado en ninguna de las teclas que oprimió durante los primeros seis meses y ha desatado conflictos donde no existieron, que es una manera eficacísima de hacer la Revolución Para Atrás.

Pero mucho se ha logrado, y estas anécdotas también pasarán a mejor vida en la próxima marejada que se avecina. Y que será pronto.

 

Lo que se debe callar

Dividido el episodio revolucionario en dos capítulos, el político y el económico, también la actitud tiene esa misma frontera. Muchos se quejan de los discursos últimos del doctor Borda y del inteligente Mario Díaz Colodrero. "Han dicho generalidades..." No. Han fundado la doctrina del proceso. Ni corporativismo, ni ley de prensa; en libertad y en derecho. ¿O les gustaba más Martínez Paz? Mientras éste recibía en su primer día de ministro al jefe de TACUARA, Borda discurría con la CGT, y aclaró que la Revolución no formulaba reproches a nadie. Martínez Paz agredía a todo el mundo; y los políticos lo saben bien. Lo que ocurre es que hay gente con urgencia de urna. Y entonces esperan de cada discurso el proyecto político. Y el peor error de la Revolución Argentina sería anunciar desde ya su programa político. Porque entonces en vez de revisarse y sanearse las estructuras políticas, empezarían ya mismo su viejo y repetido apostolado, haciéndose jirones y perturbando la marcha de una obra de fondo. Cuando el país esté cambiado -y este es el enigma que Onganía debe resolver: ¿quiere o no quiere cambiar el país? ¿o es un simple maquillaje?- habrá que anunciar cuándo se vuelve al camino de las urnas, pero en serio. Ahora sería fatal. Entonces el consejo sano está en sugerir al ministro del Interior y al secretario de Gobierno, el mayor silencio posible, y sólo hablar para marcar las doctrinas. Mientras tanto convocar a los que sirven. Del partido que fuere. La vida política no ha de morir. Pero este no es su tiempo.

 

Lo que está bien hecho

Ya el equipo económico está en marcha. Krieger sabe dónde le duele al país. Y sabe también que con retracción o monetarismo puro, la situación se agrava y la encrucijada puede no tener salida. Combatir la inflación en Argentina, es una cosa, y en Bolivia o Perú, otra. La modificación del régimen impositivo para variar el criterio de primacía de las necesidades del fisco y ubicar en su lugar otra idea que ayude a la contención sin receso y la fijación de una política crediticia seria y a donde realmente conviene, son dos consecuencias que pronto se notarán. Ser fuerte en economía no tiene por qué suponer afectar intereses populares. Krieger es el hombre para la operación.

Puertos, Tucumán, Ferrocarriles, inflación, desarrollo, son cinco esquemas no tan difíciles, si se es inteligente, si se comprende la hora que vivimos y marginamos los intereses sectoriales que roen la Argentina.

El general De Marchi, titular de los Ferrocarriles, en ese sentido, al tomar medidas con la línea gerencial en el San Martín, dio el ejemplo. Arriba o abajo, los que no sirven en el tema ferroviario, serán desabordados.

Los dirigentes gremiales, y maduros ya están. Saben que hay muchas normas de trabajo que traban al país y que son tan propietarias del estancamiento como la política vieja o los argentinos que llevan dólares al exterior. Es decir, que muchos somos asesinos.

La misión del Estado será actuar con equilibrio. Entonces devolverá la fe, y con ese consentimiento el enfermo se dejará operar.

 

¿Revolución o no revolución?

Saltar obstáculos suele ser una profesión argentina. Los obstáculos mayores los colocan otros argentinos que viven muy mal en comunidad. El elenco revolucionario que cumplirá este segundo round nacional, tiene mejor curriculum, según hemos visto. Pero el gobierno no debe dejar de llamar a consulta a otros que pasaron por el Poder: Frondizi, Guido, Aramburu, Gómez Morales. Esto es hacer política GRANDE. Como nombrar ya mismo, urgentemente, un CONSEJO ECONOMICO SOCIAL, donde el Estado transfiere a la sociedad en sus máximas expresiones -técnicos, obreros, empresarios, economistas, profesores- la realización del PROYECTO.

Todo esto, por supuesto, escrito de buenísima fe y pensando que ESTAMOS EN UNA REVOLUCION. No en un retoque.

Y esto sí lo decide Onganía. Y ningún otro. Ya no hay más Salimei ni Martínez Paz para echar culpas.

La última excusa ha sido enterrada.

Ahora estamos ante el jefe.

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